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Dadas ciertas circunstancias hay dos formas de reacción conductual: racional y emotiva o irracional. Veamos el porqué:

El lóbulo frontal y el sistema límbico son una compleja estructura de neuronas en el cerebro. El lóbulo frontal controla las conductas racionales, social y moral. El sistema límbico administra la vida emotiva o irracional. Una de sus partes, la amígdala, tiene un rol específico en la respuesta emocional que sale del sistema límbico y va hacia el lóbulo frontal.

Sin entrar en disquisiciones científicas y ayudados por un ejemplo didáctico, su esquema simple es: ante una infidelidad conyugal, la reacción primera será emocional (ira). Si la zona frontal es madura, frena la actividad de la amígdala y la pareja dialogará; caso contrario, la emoción puede expresarse con toda su carga afectiva hasta llegar a un feminicidio.

El sistema límbico viene a nosotros por herencia de los monos antropomorfos a través de los australopitecos. En cambio, la racionalidad es producto de la evolución posterior del cerebro. Por eso Piaget cree que algunos adultos no alcanzan la cuarta etapa del desarrollo cognitivo (operaciones abstractas; uso de la inducción, deducción, hipótesis, etc.). Afirmar que la ingesta de carne de pollo produce cambios en el ‘ser como hombres’ o que las piedras tienen sexo son claros ejemplos.

Extirpar la acción de la amígdala en los grupos políticos, religiosos o deportivos –terrenos fértiles para las pasiones– es muy difícil. La educación señala que el grupo no determina fatalmente al individuo; ambos, grupo e individuo, interactúan y se hacen permanentemente en relación dialéctica. El sujeto al identificarse con el grupo experimenta una sensación de pertenencia. Por eso agrada la compañía de personas con igual pensamiento (necesidad de afiliación). Y mejor si la conducta tiene la venia de los demás (necesidad de aprobación), respetando sus valores, así el sujeto pensará bien de sí mismo (autoestima) dando la impresión de ser superior, de dominar (necesidad de poder). Esta necesidad se origina en el sentimiento de inferioridad.

Los dirigentes estimulan el miedo de sus acólitos asegurándoles que los adversarios irán en contra de sus intereses socioeconómicos. Sus fanáticos, entonces, reaccionan irracionalmente con una conducta esclavizada por la cárcel de sus pasiones. Frases como: “Bolivia luchó contra el imperio romano; esta lucha será interplanetaria; no soy profesional, pero me siento profesional” no generan autocrítica por parte de sus partidarios. Ningún incondicional valora el pobre nivel académico ni la mala calidad intelectual de los dirigentes, por eso henchidos de felicidad agradecen la proverbial suerte de tener autoridades tan fascinantes enviadas por la Pachamama.

Alberto Santelices Salomón es Pedagogo

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