El Deber logo
25 de marzo de 2024, 4:00 AM
25 de marzo de 2024, 4:00 AM


Hernán Terrazas E. /Comunicador

Hace tiempo que el tema de la reivindicación marítima boliviana figura en un lugar marginal de la agenda gubernamental. Ni siquiera en vísperas del 23 de marzo, cuando agitar las aguas del Pacífico podría resultar una buena estrategia de distracción frente a la crisis económica, las autoridades hablaron mucho del tema. Es más, la fecha histórica coincidió con la realización del Censo, tal vez porque, paradójicamente, el mar “ya no suma, ni cuenta” como antes.

Vergüenza quizá -por la catástrofe de La Haya- o certeza de que en realidad no se trató nunca de un asunto que hubiera estado realmente entre las prioridades del ciudadano común, el caso es que el sonido de las olas ya no se escucha tan cercano, ni se inflan las velas del patriotismo con la misma aparente fuerza que impulsaba las naves del orgullo nacional en el pasado.

De nada sirven las afinidades ideológicas. Antes se decía que, con el líder socialista Salvador Allende las cosas hubieran sido distintas, pero con Boric, lo más parecido al mártir chileno de los setentas, todo está igual o peor. No se restablecieron las relaciones diplomáticas a nivel de embajadores y el mar quedó borrado de la agenda bilateral.

Cuando el presidente Arce le recordó a Gabriel Boric que el tribunal de La Haya había fallado a favor de un diálogo abierto con Bolivia, el mandatario chileno respondió como Pinochet o incluso peor, lo que confirma que ser de izquierda no significa necesariamente “ser bueno”, al menos en lo que al mar se refiere.

En todo caso, el nuevo escenario no deja de ser alentador, porque al menos ya no hay a quién echarle la culpa de nuestros males y parece llegado el momento de hacer causa nacional del reconocimiento de los errores propios.

Si nos va mal, no es porque no tengamos salida soberana al mar, ni porque el “imperio” nos haya cortado las alas del desarrollo, o cualquier otra teoría que busque afuera las explicaciones de los que nos pasó adentro.

El reconocimiento de los errores propios es un buen principio para corregir el rumbo. Es posible que las cosas hubieran sido distintas con puertos y playas, aunque en el fondo la cantidad de productos y de bañistas no hubiera variado significativamente.

Desde siempre que tenemos litio, por ejemplo, y hasta la fecha solo somos referencia de reservas, pero no de protagonismo en los mercados mundiales.

El mar, como otras “ilusiones nacionales” solo sirvió históricamente para lamentarnos. La mayoría de los bolivianos escuchó decir alguna vez que Bolivia es como “un mendigo sentado sobre una mina de oro”, en alusión a la extraordinaria riqueza que nuestra diversidad geográfica alberga desde tiempos inmemoriales. Cuando hubo la oportunidad de dejar de ser mendigos la dejamos pasar: sucedió con la plata, con el estaño y más recientemente con el gas. Lo del litio está por verse, aunque como van los mercados y los prejuicios ideológicos, lo más probable es que el “oro” permanezca “debajo del mendigo”.

Una plaza remodelada y algunas luces que se encienden y apagan al ritmo de la música rodean la estatua del héroe del Pacifico. El índice de Abaroa apunta hacia el mar, pero en el día del Censo esas cosas ya no cuentan.



Tags