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OPINIÓN

En el Brasil el rey está desnudo

20/5/2020 03:00

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Por: Carmen Ortiz Gutiérrez Gelinski - Economista

El danés Hans Christian Andersen en su cuento "El traje nuevo del emperador" relata la historia de un rey que es engañado por dos charlatanes que ofrecen hacerle un traje con telas finísimas e hilos de oro, que sólo podría ser visto por personas inteligentes. Debidamente pagos, los sastres y tejedores se encierran y fingen elaborar el ansiado traje. Cuando algunos criados van a verificar el progreso de la obra y no ven traje siendo costurado, temen confesarlo porque sería admitir su incompetencia. Aun así, van ante el rey y alaban la calidad del traje que estaría casi listo. 

 Al llegar una festividad importante, el rey “viste” el supuesto traje, que él tampoco ve y desfila en gran estilo ante sus conciudadanos. Estos, alertados de que solo podrían ver el traje los inteligentes, fingen y aplauden el paso de su soberano. Al verlo pasar, un niño de poca edad comienza a gritar “¡el rey está desnudo...!”. Es suficiente para que los cortesanos y el propio rey se den cuenta de la estafa que habían sufrido.

Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, venció las elecciones en 2019 gracias a electores decepcionados con las gestiones de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) y sus relaciones con crímenes de corrupción, que movilizaron ingente cantidad de recursos en obras públicas por toda América Latina. 

Aparte del esquema con constructoras como Odebrecht y Andrade Gutierrez, hubo negociados en Petrobras, que casi llevó a la bancarrota a una de las más grandes petroleras del mundo. Después de prácticamente 13 años de gobiernos petistas, la derecha brasileña descargó sus anhelos en Bolsonaro, un excapitán expulsado del ejército en los 80 por tramar un plan para colocar bombas en unidades militares de Río de Janeiro a favor de mejores salarios para la categoría. 

Cuando fue candidato a la Presidencia, la bandera de este típico outsider, con poco destaque como parlamentario durante sus 27 años en el Congreso, era el ataque feroz a costumbres consideradas liberales por segmentos conservadores de la sociedad, aliado a un fuerte discurso anticorrupción y a críticas a lo que denominaba “la vieja política” y sus arreglos.

A lo largo de sus casi tres lustros de gestión, los gobiernos petistas supieron crear una cierta unidad de agendas, tanto entre la izquierda brasileña como también entre la izquierda latinoamericana (véase el Foro de San Pablo o la creación de entidades supranacionales como Unasur). La llegada de un presidente con un perfil de derecha generó la ilusión entre sus seguidores de que pudiesen prosperar causas apreciadas por economistas liberales o por sectores empresariales. 

Agendas como la reducción del papel del Estado, flexibilización de leyes impositivas para el sector productivo o de una reforma amplia del sistema de previsión eran reforzadas por un fuerte discurso anticorrupción. Entretanto, la esperada postura de estadista que esos sectores en algún momento anhelaron va colapsando y, poco a poco, comienzan a ver la verdadera desnudez del emperador, con las sucesivas crisis del gobierno.

Ante la pandemia del Covid-19, su actitud beligerante contra medidas restrictivas lo colocó en la insólita posición de desautorizar a su propio ministro de Salud, que recomendaba la cuarentena. En un tira y afloje de casi dos meses, las diferencias de posición eran cada vez más frecuentes hasta que finalmente lo hizo dimitir. 

Amparado por sectores empresariales que exigían la apertura de la economia, el presidente emitía señales contrarias a los postulados por especialistas en epidemias. Su argumento central es que la recesión económica puede causar más muertos que el Covid-19.

Su obsesión por reabrir la economía para huir de la recesión (que por cierto será global) está llevando al país a una situación catastrófica: El personero del FMI, Maurice Obstfeld, professor de la Universidad de California, dice que Brasil puede enfrentar una caída de su PIB más profunda que los 5,3% previstos por el FMI. 

De acuerdo con el professor Obstfeld, la respuesta desdeñosa de Bolsonaro al aislamiento social puede llevar a una segunda onda de infección o a un encierro más severo, lo que empeoraría el cuadro económico. En tal situación, mientras que españoles, alemanes, italianos o franceses comienzan a reabrir sus economías después de cuarentenas severas, los brasileños podrán enfrentar periodos más largos de combate al virus.

En la crisis más reciente, el ministro de la justicia, Sergio Moro, entregó su carta de renuncia acusando al presidente de interferir en la Policía Federal (PF), responsable de investigar crímenes contra el Estado. Bolsonaro presionaba para que Moro cambiase al superintendente de la PF de Rio de Janeiro, aduciendo que quería que la PF cuidase con más empeño su seguridad y la de su familia (atribución que no cabe a la PF) y de que no le entregaban boletines de inteligencia (lo que tampoco le corresponde), trató de colocar en ese cargo a un amigo cercano de sus hijos, siendo que por lo menos uno de ellos está bajo investigación por supuesta apropiación de parte de los sueldos de sus subalternos y por asociación con milicias de Rio de Janeiro. 

Su intención de usar las instituciones para cuidar de cuestiones personales puede generarle un impeachment, del cual probablemente se librará por sus alianzas con el ala centrista del Congreso, o sea, los que no representan ni a partidos de izquierda ni a los de derecha y que en cierta forma son la crema y la nata de la vieja política que Bolsonaro siempre criticó. 

Tal vez la palabra adecuada para caracterizar a Bolsonaro sea usar la noción de “democracida”, término usado por el filósofo brasilero Mario Sergio Cortella para referirse a aquellos que usan las estructuras democráticas para tratar de eliminar el sistema. 

La posibilidad de agregar a su alrededor los segmentos más alineados a la derecha se agotó, debido a su comportamiento autoritario no apenas con medios periodísticos (a los que frecuentemente manda a callar), sino también con miembros del partido que le posibilitó llegar al poder. Poco a poco se va aislando y, al mejor estilo de tantos otros caudillos latinoamericanos, se rodea de los que no le harán sombra ni criticarán sus métodos o discursos. 

Conforme surgieron críticos, cada vez más calificados (y no sólo de las filas de la izquierda), su base de electores fieles lo acompaña en sus constantes ataques a los otros poderes, con saña especial dirigida al Supremo de Justicia. Lo acompañan también en sus tesis de ver resurgir la dictadura militar, que entre 1964 a 1985 torturó a más de 20 mil personas y dejó un saldo de casi 500 muertos o desaparecidos– herida que todavía no sanó por completo en la sociedad brasileña.

Aunque hay un 30% de electores que ve virtudes en las actitudes del soberano, cada vez son más numerosos los antiguos aliados y admiradores que, al verlo pasar, gritan: “¡El rey está desnudo!”. Solo que, al contrario del cuento de Andersen, este rey parece que nunca verá su propia desnudez.

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