El Trópico de Cochabamba podría convertirse en un paraje natural con un atractivo turístico más allá de nuestras fronteras. Tiene los elementos necesarios para transformarse en una parada obligatoria para quienes recorren el país con espíritu aventurero. Ríos navegables, parques naturales, naturaleza en estado puro. Es decir, un paraíso… secuestrado.
El férreo control sindical que imponen las seis federaciones cocaleras ha transformado este rico ecosistema en un pequeño reino al servicio del monarca enrabietado. En este reducto inexpugnable se resguarda el expresidente Evo Morales en un intento por evadir la justicia y ocultar las responsabilidades.
El propio viceministro de Régimen Interior y Policía, Jhonny Aguilera, expresó este lunes que “existe un ‘gobierno’, voy a denominarlo así, paralelo que se da en el Chapare, mediante el cual se pretende generar temor en quienes no piensan igual que los otros sectores”, en una clara alusión al control permanente que se impone entre los sectores sindicales y campesinos vinculados al cultivo de coca.
La realidad, en este caso, supera con creces a la narrativa. A finales de la pasada semana, la Policía retornó al Trópico de Cochabamba un mes después del repliegue dispuesto por “razones de seguridad”. La institución que debería garantizar el orden y la seguridad, abandonó una región del país en la cual se sentía amenazada por la presión de los grupos cocaleros. El ministro de Gobierno, Roberto Ríos, al explicar el regreso de los uniformados a la zona, pidió a las autoridades locales coadyuvar en esta labor, destinando recursos para mejorar las dependencias policiales.
Y no es para menos el temor que se genera en el corazón del Chapare. Las amenazas verbales que emanan de sus ampliados y congresos resquebrajan los principios de una convivencia democrática. Primero fue la ocasional aliada de Morales, Ruth Nina, quien advirtió al Tribunal Supremo Electoral que, de no plegarse a sus exigencias, “va a contar muertos en lugar de votos el 17 de agosto”.
El mismo Morales, en un ampliado realizado en Lauca Ñ, amenazó con interferir en el proceso electoral si el TSE no autorizaba su participación. “Vamos a ver si se realiza la elección el 17 de agosto; si no estamos (…) no hay elecciones. No tengo ningún miedo, ahí van a ver”.
De ese mismo trópico que otrora exportaba ricas bananas y jugosas piñas, hoy emergen amenazas a los principios de representatividad democrática del país. Amenazas que, con demasiada frecuencia, gozan del permisivismo cómplice de autoridades al caer en la impunidad jurídica y política.
Ni siquiera el atribulado ministro de Gobierno logra mostrar contundencia ante tamaña afrenta a la democracia boliviana. Ríos opta por desviar la atención y asegurar que la Policía, la misma que estuvo un mes alejada de la región por temor a ser objeto de ataque, ahora “está para dar resguardo y garantizar la seguridad en lo que se refiere a todo el proceso electoral que se está realizando”. Incluso alegó que acompañarán a los candidatos que deseen hacer campaña para sumar adeptos de cara a la elección presidencial del 17 de agosto próximo.
Lastimosamente, en esta Bolivia que ha perdido el horizonte y carece de rumbo estratégico y político, se mira al Trópico de Cochabamba como el bastión de un ‘evismo’ guerrillero que camina más allá de los límites democráticos que en una región caracterizada por su riqueza natural y su atractivo turístico.