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El próximo 9 de abril se recordarán los 70 años de la gesta conocida como la Revolución Nacional. Corresponde analizar la situación en la que estamos el año 2022 para evaluar los logros, avances y tareas pendientes. Nos toca enfrentarnos lealmente con la realidad a partir de lo que estamos viviendo, sin masoquismo, autoflagelación ni panegíricos. El año 1952 los demócratas hicieron su trabajo, ¿cuál es el nuestro?

Las preguntas incómodas, ayudan.

¿Cómo podemos lograr las condiciones de la democracia republicana y liberal, que respete la separación de poderes, elecciones transparentes, independencia de la justicia, meritocracia, libertad de prensa, inclusión plena, autonomía territorial, respeto a la diferencia y al adversario, mientras el poder realiza cotidianamente manifestaciones y ejercicios con aliento a la informalidad, el autoritarismo, la violencia, el mutuo socorro antes que la legalidad, y el pasanaku en la gestión pública?

Como parte de la madurez y acumulación democrática, en la historia reciente fuimos parte de avances fundamentales. A pesar de haber vivido con grados importantes de agitación y admitiendo que los cambios han sido humanamente difíciles, hemos logrado resultados innegables producto de consensos y acuerdos; y aunque la etapa de la denominada democracia pactada recibe críticas por propios y extraños, fueron y lo serán, la fuente de medidas sostenibles en el tiempo.

La irrupción de nuevos actores siempre generará violencia. Física, simbólica, cultural, económica, social y política. Para concluir nuestra tarea en este aspecto, ¿tendrá que haber una nueva confrontación de violencia por el poder? La racionalidad plantea un NO rotundo pues, aún la complicada crisis de noviembre del 2019, respondió a la conducta aprendida de concertar, pactar, evitar daños mayores y lo que resulta extraordinario, fue refrendado por leyes de la república constitucionalmente aprobadas. Un parlamento que nunca perdió su cualidad de contar con 2/3 del voto masista, con presidentes masistas en las 2 Cámaras es una evidencia que, puesta en contexto, ofrece las respuestas prácticas de por qué no hubo mayor violencia. Si existe un periodo de acuerdos y consensos llevados al extremo, es precisamente el gobierno de transición de la presidente Añez. ¿Acaso pudo haber sido diferente? ¿Por qué lo negamos?

¿Qué nos está faltado a los bolivianos para reconciliarnos verbalmente, cuando en ese tiempo, y ahora, todo debe ser negociado políticamente? Parece que nos estamos entrampado en las formalidades pues en la vida cotidiana, la realidad nos demuestra que efectivamente es así. ¿Podrá un solo actor político, oficialista, de oposición, social o productivo, resolver el tema de la crisis económica o el de la pandemia, cuando existen una diversidad tan abigarrada de voluntades contrapuestas, de todos los signos y en todos los territorios? Los reveses sufridos por el gobierno en la abrogación de la ley 1386 y la suspensión de la aplicación del decreto de vacunación obligatoria, lo demuestran. ¿Hasta dónde se mantendrá una voluntad confrontacional cuando la gente lo dice de todas las maneras posibles, que lo que necesita no es imposición?
Dos hipótesis como elementos para el debate.

El MAS pierde políticamente cuando la materia que se debate, tiene circunscripción electoral única, es decir cuando se enfrenta a la sociedad nacional; ocurrió con el referéndum del 21F, con la abrogación del Código Penal Boliviano y ocurriría con una eventual segunda vuelta en elección nacional. ¿Logrará la oposición, convertirse en una oposición orgánica y construir una alternativa que acepte esta realidad para constituirse en opción de poder? En la dispersión, como el MNR de la Revolución Nacional, el MAS seguirá siendo mayoría.

La segunda hipótesis es un poco más complicada pues todavía no se ha configurado tan nítidamente como la anterior. ¿Logrará la sociedad democrática nacional trabajar con la entelequia política denominada Santa Cruz, único actor colectivo que el MAS no ha podido ganar? En su momento, con la claridad que tenía Walter Guevara Arce dijo que en política había que aprender a comer sapos y culebras. Los años que faltan para el 2025, ¿serán suficientes?

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