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8 de abril de 2017, 4:00 AM
8 de abril de 2017, 4:00 AM

Defensores como somos del derecho a discrepar, querido Álvaro, quiero expresar mi airado reclamo sobre tu artículo Las represas malditas (EL DEBER, 06.04.17), no por no coincidir con lo que pienso, sino por sus excesos, que atentan contra la verdad, que no puede ser convertida en pieza sacrificable ante el apasionamiento literario. 

Afirmaciones como “las represas son buenas, porque no matan la naturaleza” simplifican hasta el absurdo un tema serio y hacen parecer que toda represa es igual a las demás. ¿Has estudiado lo suficiente el tema de la represa del Chepete, por ejemplo, para afirmar que “es buena”, así de categóricamente? Decir livianamente que al construirlas “la vida será mejor y será más bella”, ¿no te suena escalofriantemente parecido a eso de que si el Gobierno no ganaba el referéndum “el sol se ocultará y todo será tristeza”? ¿Estás en condiciones de afirmar que los informes de instituciones serias como el Cedib o la Fundación Solón no son argumento frente a tu apasionada defensa? Y es que hay falacias en tu redacción que nos plantea una ya antigua visión desarrollista y lineal como única alternativa, comenzando por el hecho de descalificar a quienes exigimos que estas cosas se discutan seriamente solo por tener grifos en nuestras casas o acceso a energía eléctrica. Ningún detractor serio de los estropicios ambientales de este Gobierno está planteando que vivamos desnudos en los bosques, o que no se toquen los recursos de la naturaleza: sí que no se los deprede sin medir consecuencias, que es cosa muy distinta. 

Tu artículo me ha dolido mucho, no por el insulto de “ecologistas baratos” que nos propinas, pues desde el poder nos han dicho peores cosas, sino porque lastima tu credibilidad, tan urgente en estos tiempos en los que la razón, la ciencia, la verdad, son tratadas como antigüedades obsoletas de las que se puede prescindir. Y no fueron 20 los árboles talados en el cuarto anillo, sino casi 300, y no fue un “ingenuo comprador” quien cometió el delito, sino alguien cuyo nombre aún hoy se protege inexplicablemente. Un abrazo 

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