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3 de abril de 2017, 4:00 AM
3 de abril de 2017, 4:00 AM

La literatura me ha permitido extraordinarios encuentros tanto con autores, libros, personajes literarios que, a veces, son más reales que los que vemos todos los días y personas ligadas al mundo literario. Uno de esos encuentros lo viví en Nueva York, en 1989. Nos habíamos mudado allá, porque a Carmen, mi esposa, la designaron cónsul. El primer trabajo que conseguí fue en Latin american books, una importadora de libros. 

La dueña era Linda Godman, que conocía mucho de literatura latinoamericana; sin embargo, de Bolivia solamente había escuchado hablar de Alcides Arguedas, así que cuando le dije que yo era escritor, me miró con desconfianza y me envió al depósito. Mi tarea consistía en recoger del correo cajas de libros y clasificarlos de acuerdo con el género: novelas por aquí, cuentos por allá… Mientras abría las cajas leía lo que podía y una tarde de verano descubrí que entre los ejemplares que habían llegado de Argentina venía uno titulado Antología del cuento extraño, selección y prólogo de Rodolfo Walsh, uno de los grandes escritores argentinos desaparecido durante la sanguinaria dictadura de los 70. Abrí sus páginas y sonreí satisfecho al ver que Walsh había incluido Los buitres, de Óscar Cerruto. 

Un día vino Linda, traía un libro y una gran sonrisa, me dijo: “Mira, en esta antología El nuevo cuento latinoamericano, de Julio Ortega, estás tú”, luego me entregó el ejemplar. Yo me quedé paralizado por un instante, lo abrí y allí estaba mi nombre, junto al de varios escritores que yo admiraba, como Fogwill, Ricardo Piglia, Antonio Skármeta, Cristina Peri Rossi, Eduardo Galeano, Severo Sarduy, Alfredo Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, entre otros. Yo era muy joven y apenas tenía dos libros publicados, y eso fue toda una sorpresa. 

Estar en esa antología me permitió, meses más tarde y con el apoyo de Rosario Santos, ser publicado en Estados Unidos, convirtiéndome –a decir del escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot– en uno de los primeros bolivianos publicados en el país del norte. También me habilitó para acceder a otro empleo, en el que leía mis cuentos en las bibliotecas públicas de barrios con población de habla hispana. Recuerdo que, en cierta ocasión, di una charla en una cárcel y uno de los presidiarios, que era experto en Borges y tenía formación académica, ante mi ingenuo cuestionamiento de qué hacía preso un hombre culto como él, me arrinconó respondiéndome que él estaba allí por malo, no por tonto 

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