Opinión

Entrar al Tipnis, pero de verdad

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11 de septiembre de 2017, 7:06 AM
11 de septiembre de 2017, 7:06 AM

Cuando ingresé por primera vez a las entrañas del Tipnis me encontré con dos mujeres nativas que caminaban por el bosque. Caminaban sin prisa, sin miedo a que les cayera la noche y sus pies las llevaban hacia la casa de uno de sus líderes donde iban a celebrar una fiesta. Una de ellas amamantaba a su bebé y la otra cargaba a un perro cachorro que miraba con precaución de ermitaño. 

A varios kilómetros, en un rancho levantado cerca de las aguas musicales del Sécure, una comunidad de hombres iba hacia el río para pasar la noche pescando. Al día siguiente, después de los primeros cantos de los gallos, antes de que la luz del nuevo día penetrara por las rendijas de las paredes de las casas de madera, el fogón de la cocina comunal ya estaba encendido y varias mujeres destazaban el surubí corpulento con el que se alimentaría toda la tribu.

A comienzos de aquel 2011 en el país aún no se hablaba del Tipnis, pero los habitantes de este rincón del mundo ya estaban enterados de que una carretera asfaltada amenazaba morder el corazón de su territorio y preparaban silenciosamente una marcha para trepar a La Paz. Hasta aquel año ningún presidente había pisado su suelo ni tampoco expresidentes anunciaban que estaban dispuestos a entrar en ese mundo desconocido del que ahora todos hablan, pero que pocos conocen de verdad.

Entrar al Tipnis es necesario, pero si se entra de verdad. Para conocerlo, es imprescindible despojarse de toda investidura de autoridad o exautoridad y hay que hacerlo sin avisar, sin enviar un equipo de avanzada ni llevar agua mineral. Para que valga la pena, es necesario evitar hablar desde una tarima y, por el contrario, acercarse al pueblo para hablar de tú a tú, para sentarse a la sombra de un árbol y escuchar con los oídos y con los ojos. 

Solo así es posible enterarse de la realidad y de sus sueños y saber, por ejemplo, que dentro del Tipnis la sal es un lujo, que el mundo exterior no solo puede afectar a los humanos, sino también al chancho tropero, al mono nocturno, a la urina y al jaguar de dientes amarillos y que una balsa a remo demora cuatro días para penetrar la selva y siete para salir, pero que el tiempo para ellos no es un problema de vida o muerte. 

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