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Como era previsible, siguiendo la tendencia de los resultados, finalmente el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) de Perú proclamó a Pedro Castillo como nuevo presidente electo de ese país, tras una muy ajustada segunda vuelta que ganó con 50,12 por ciento de los votos, frente a 49,87 de Keiko Fujimori; esto es una diferencia de 44.263 votos.

Castillo jurará el 28 de julio en medio de una gran incertidumbre sobre el rumbo que tomará su gestión: durante su campaña, se declaró marxista-leninista, admirador de lo que él llama “el modelo económico de Bolivia” y anunció que aplicará una “economía popular con mercados”, un híbrido a lo Frankenstein del que se sabe poco, aunque se lo definió como una combinación de las experiencias del gobierno de Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.

Dicho así, no parecen existir muchas razones para la tranquilidad a la que el propio Castillo ha llamado cuando se lo identificó como una posible extensión de los modelos populistas de la región y por tanto con una posible influencia de Venezuela y Cuba, como ocurrió en los países que él identificó como modelos a seguir.

Hace menos de un mes, Castillo tuvo que asegurar en una concentración masiva que “No somos chavistas (en referencia a Hugo Chávez), no somos comunistas, no le vamos a quitar sus propiedades a nadie, es totalmente falso lo que se ha dicho, eso está sellado”.

Y a medida que se acercaba la posibilidad real de que se convierta en Presidente, Castillo ha comenzado a hacer migrar su discurso desde un radicalismo de izquierda casi temerario, hacia una mirada moderada que devuelva la confianza de los mercados. Parte de esa necesidad se ha visto con el nombramiento del economista Pedro Francke como su principal asesor económico, un hombre respetado que tiene la confianza de los sectores empresarial y académico y que muy probablemente pasará a ser el ministro de Economía del primer gabinete de Castillo.

Enseguida, Castillo también se adelantó en ratificar a Julio Velarde como presidente del directorio del Banco Central de Perú, como viene ocurriendo en los últimos 15 años.

Aun así, queda la duda de si Castillo nacionalizará los sectores empresariales que él anunció durante su campaña; si tendrá una política restrictiva de las exportaciones; si convertirá al Estado en un Estado empresario con presencia en rubros productivos no estratégicos, como ocurre en Bolivia.

Precisamente el mismo Francke le dijo esta semana a la BBC Mundo, en un intento por explicar en qué consistirá la “economía popular con mercados”, que el país que más se asemeja al sistema económico que el gobierno de Castillo llevará adelante es Bolivia.

“Hay una cierta cercanía con la experiencia de Evo Morales en Bolivia, pero digo cierta, porque tenemos una propuesta nacional y cada país es distinto”, matizó Francke. Y citó como ejemplos de Bolivia que en la producción petrolera y de hidrocarburos continúan presentes las empresas transnacionales, y rescató también que en el sector industrial y agrario hay empresas privadas y no existe control de precios.

Suena obvio, pero no queda más que aceptar que solo el tiempo dirá hacia donde se inclina el modelo de Castillo, aunque a la vez, dado el temperamento particular del que fuera maestro rural, existen razones para prever que Perú dará un giro de imprevisibles consecuencias para su economía y su estabilidad política y social.



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