Opinión

Entre esperanzas e incertidumbres

8 de diciembre de 2019, 5:05 AM
8 de diciembre de 2019, 5:05 AM

Nadie dijo que iba a ser fácil el cambio de rumbo en la política boliviana, después de casi una década y media de ejercicio autoritario del poder por parte de la cúpula del MAS. Era evidente que no bastaría el abandono de la silla presidencial por parte de Morales, ni una inmediata y accidentada sucesión constitucional materializada por la minoritaria bancada parlamentaria de oposición. La herencia nefasta dejada por el MAS, a la que habría que añadir las acumuladas en las gestiones de los gobiernos que le antecedieron en el poder, continuará distorsionando la política nacional gracias no apenas a la persistente y mala acción de esa cúpula que continúa dando coletazos, sino también a las malas mañas a las que tampoco han renunciado viejos y nuevos actores de esa política nacional.

Constatar esta realidad provoca desánimo entre quienes confiaban que algunas lecciones habían sido aprendidas en los últimos años, a punta de palazos de todo tipo. Los hechos que se están sucediendo tras la renuncia de Morales llevan a sospechar –incluso a veces, a tener certeza- que poco o nada fue comprendido. Los nuevos actores surgidos a raíz de la gran movilización ciudadana que llevó a Morales a renunciar a la presidencia, parecen desorientados en sus primeros pininos en la política nacional, pese a tener ya experiencia como dirigentes cívicos, desde donde acompañaron y hasta confrontaron con el Gobierno central, con las gobernaciones y gobiernos locales de sus departamentos. Algo similar es lo que está ocurriendo con los viejos lobos de mar de la política boliviana, unos rezagados en sus lecturas de la realidad nacional y otros más bien calculistas al extremo.

Ni unos ni otros parecen estar realmente interesados en dar respuesta y certezas a esas grandes mayorías que marcaron el punto de quiebre en los dos últimos meses. Es como si de pronto ya no importara más el interés ciudadano de democratizar al país, sobre todo la relación del pueblo con el poder, en general, y particularmente con el que ejercen los actores políticos. La impresión que dejan con sus últimas actuaciones es de que hay otros intereses sectoriales o particulares más importantes a ser defendidos por ellos. Es decir, lo mismo de siempre, más de lo mismo, y que llevó al hartazgo a esas grandes mayorías que se volcaron a las calles. Un error garrafal, considerando que la realidad actual es muy distinta a la que vivió Bolivia en los últimos años. Hay una ciudadanía más activa, menos distante de los asuntos públicos y del manejo del poder.

Los primeros están logrando avanzar sin mayores contratiempos por ahora, gracias a que aun hay sectores rezagados en la comprensión de los nuevos tiempos, y todavía aferrados a las viejas prácticas políticas. Esos apelan a estos y los alientan o empujan a reeditar cada una de esas prácticas desfasadas. Entre otras, la intolerancia y ataque a quienes disienten de ellos y se atreven a hacerlo de manera pública. Están repitiendo el libreto, las tácticas y las estrategias masistas, incluidos la violencia verbal, el acoso en redes sociales, las listas de los “traidores” e incluso “herejes” que osan advertir que los nuevos reyes están a punto de ser expuestos al desnudo. Lamentable y preocupante. Lamentable porque frena el inicio de un verdadero cambio democratizador de la sociedad y preocupante porque es clara señal de peligro: estamos a punto de parir nuevos “evitos”, tal vez sin darnos cuenta.

Todo lo dicho hasta aquí alimenta incertidumbres. Y muchas. Pero es necesario señalar que también hay muchas razones para alimentar la esperanza en un tiempo nuevo. Entre otras, la evidente liberación de voces que se multiplican cada día, esa suerte de re-oxigenación que se siente en el ambiente, los anuncios de nuevos planes para iniciar de inmediato, la perspectiva de mejor futuro, ya nomás, a partir de ahora. Ni el vaticinio de una desaceleración económica ha logrado apagar esa llama de esperanza en días mejores, encendida a mediados de noviembre. Que no sea la incertidumbre quien la apague.


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