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Bolivia se enfrenta a un cambio inminente de su matriz económica. Y este ha llegado en medio de la pandemia y de la peor crisis económica que golpea al país. La realidad, las cifras lo marcan así y eso va más allá de las nostalgias y las pugnas de poder. Los hidrocarburos están en declive, tanto en la producción como en la generación de divisas para el país; en cambio, el sector agropecuario es el que más ha crecido y tiene una tendencia ascendente, pese a las restricciones dispuestas. Ya hay señales que muestran la urgencia de gestar una nueva estrategia para no naufragar, mientras otras naciones de la región se recuperan.

Es en este escenario que el sector agropecuario ha lanzado una oferta importante y trascendental. Ellos pueden multiplicar la producción, generar el doble de ingresos por exportaciones no tradicionales y duplicar el empleo. A cambio, solo piden que se los deje trabajar, lo que significa producir y exportar con libertad, así como usar biotecnología en los cultivos, tal como lo hacen países vecinos como Brasil, Argentina y otros que son grandes exportadores de oleaginosas.

En contra ruta, el Gobierno ha repuesto los cupos de exportaciones para varios productos, especialmente para la soya, y justo ahora que este grano se cotiza a precios récord en los mercados internacionales, dejando claro que hay un desperdicio de oportunidad. También se ha descartado la posibilidad de iniciar pruebas con eventos transgénicos, que habían sido autorizados por el anterior Gobierno. ¿Para qué sirven estos? Pues para que los cultivos sean resistentes a los cambios del clima o a las plagas.

Como si el actual presidente no hubiera sido ministro de Economía, parece no darse cuenta de que durante el primer bimestre de 2021 se ha exportado menos valor en hidrocarburos que en similar periodo de 2020. Si el año pasado ingresaron $us 460,3 millones por exportaciones de gas, en 2021 la cifra decreció a 326,8 millones, de acuerdo con datos del Instituto Boliviano de Comercio Exterior.

Con las exportaciones no tradicionales ha pasado al revés. Se ha subido de 256,7 millones el primer bimestre de 2020 a 347,3 millones en el mismo periodo de este año. Este crecimiento se ha dado a pesar de las trabas impuestas por el Gobierno de Luis Arce, cómo sería si en vez de piedras hubiera incentivos.

En muchas voces, sobre todo del MAS, se oye criticar al sector agropecuario y especialmente a la agroindustria de ser ‘gamonales’. Lo cierto es que en este ámbito hay grandes, pequeños y medianos; muchísimos que llegaron del interior del país con más necesidades que recursos y que hicieron de la producción de alimentos su medio de vida.

Mientras este sector, que es legal y formal genera empleos, hay una desordenada distribución de tierras que da pie a que no se respete el uso de suelo y hay, por ejemplo, producción agrícola en tierras de uso forestal. También existe tráfico de propiedades agrícolas, entre otras irregularidades que el Gobierno no está sabiendo controlar en su afán de ponerle cortapisas a un sector que en este momento es vital para la economía.

Ahora, el ministro de Hidrocarburos reconoce que la mentada nacionalización del gas no permitió explorar y descubrir nuevas reservas. ¿Tendremos que perder las actuales oportunidades para darnos cuenta de que este había sido el momento de la producción y exportación no tradicional?

¿Por qué no dejar a un lado la ideología y empezar a mirar el futuro de Bolivia con perspectiva amplia? Lo que haga o deje de hacer el presidente en este momento determinará si queda en la historia como un gran estadista o como quien bloqueó la recuperación y el crecimiento de la economía nacional.



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