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21 de diciembre de 2018, 4:00 AM
21 de diciembre de 2018, 4:00 AM

inco minutos antes de hablar, una sudoración profunda empieza por mis manos, un escalofrío recorre mi cuerpo como si se tratara de descarga eléctrica, el tamborileo de mis dedos me delatan, las gotas de sudor recorren mi frente hasta que son estrelladas en el suelo, los de la primera fila las ven y notan mi nerviosismo, tengo terror a hablar en público. Desde niño he padecido con este problema, he preferido escribir hojas y hojas de textos a subirme a un escenario y hablar de lo que sea y donde sea.

Según la declaración universal de los derechos humanos: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de opiniones y el de difundirlas, sin limitaciones de fronteras, por cualquier medio de expresión”. La revista Time ha reconocido a los guardianes de la prensa, entre los periodistas destacados se encuentra Jamal Khashoggi, asesinado en el consulado de Arabia Saudita en Turquía.

Los asesinatos de periodistas acontecen en diversos países del mundo, en muchos casos son acallados por la incomodidad de sus comentarios o por la denuncia a organizaciones criminales y gobiernos, que prefieren callarlos a punta de balas y muerte.

Ahora, con el uso de las redes sociales y tomando en cuenta que cada persona que tiene un celular en la mano y una conexión a internet es un periodista en potencia, porque puede filmar y fotografiar situaciones que involucren abuso a los derechos humanos, también ellos corren el riesgo de ser acallados de alguna forma.

La libertad de prensa está nerviosa, tiene esa sudoración profunda, tiene ese escalofrío que recorre por su cuerpo, tiene ese tamborileo en los dedos y ese tic nervioso que hace mover esas partes del cuerpo que no lo deseamos. La libertad de prensa en el mundo está herida, los periodistas son asesinados para acallarlos, son demandados para silenciarlos, son amenazados para que no informen.

Escribo porque tengo miedo de hablar es uno de mis más profundos temores, pero ahora también, como muchos de los periodistas en el mundo, aparte del miedo a hablar tengo miedo a escribir.

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