Opinión

Eslabón

2 de abril de 2020, 3:00 AM
2 de abril de 2020, 3:00 AM

Cuando quise entrevistarlo acerca de Luis Arce Gómez, un reconocido escritor e investigador, cuyo nombre no menciono por respeto, se excusó educadamente. “No voy a hablar de él -me dijo-. El hombre ya está muerto”.

Es una actitud ética. Este autor es, probablemente, el mayor biógrafo de Arce Gómez hasta ahora, pero para retratarlo a través de las letras, tuvo que completar su investigación visitándolo en su encarcelamiento. Lo vio hasta el final, viejo y moribundo, y seguramente se impresionó. Vio al hombre, no al “ministro de la cocaína”, y reaccionó como un ser humano de principios.

Respeta a los dolientes, que los hay, pero, más allá de su visión, otros escribidores ya están dándole duro a las teclas. Es inevitable. Luis Arce Gómez es un personaje imprescindible para entender no solo aquel oscuro periodo en el que tuvimos nueve gobiernos en apenas cuatro años sino el momento histórico en el que el narcotráfico penetró la columna vertebral de la sociedad boliviana y se enraizó de tal forma que permanece hasta ahora. Y no comenzó en 1980, con el golpe de Luis García Meza.

El Diccionario Biográfico de Archivistas de Bolivia ha dejado para la posteridad el dato de que Arce Gómez “incursionó en el negocio de la cocaína” en 1975 y el dato es importante si se toma en cuenta que el más célebre narcotraficante de Bolivia, Roberto Suárez Gómez, tomó contacto con el colombiano Pablo Escobar más o menos en ese año. Poco después, Suárez iniciaría el reclutamiento de cocaleros para la producción de cocaína a gran escala.

No es simple coincidencia de tiempos. Arce Gómez y Suárez Gómez eran primos hermanos maternos, así que es fácil suponer cómo creció el negocio de la cocaína cuando el primero se convirtió en el ministro del interior de García Meza. Guillermo Lora publicó que fue el tiempo en el que más se corrompieron las Fuerzas Armadas, ya que el que no era narcotraficante fue implicado, así sea de manera indirecta, por los sobornos que repartieron “los Luchos” para sofocar el descontento en su institución. Así y todo, hubo varios intentos de derrocarlos.

Fue apenas el inicio. Aunque cayó el “narcorrégimen”, el negocio de la coca creció en proporción geométrica y pasó del norte cruceño a Beni y, de allí, a Chapare. Huanchaca, ya en el último gobierno de Paz Estenssoro, fue la prueba de que el narcotráfico se había instalado en la clase política boliviana.

Por ese crecimiento, la economía de la coca se apoderó del país y hasta gobernó directamente durante casi 14 años.

El fenómeno comenzó con los primos Suárez-Arce. Por eso es tan importante estudiar al que murió esta semana.

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