Opinión

Esperando siempre lo peor

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30 de julio de 2017, 4:00 AM
30 de julio de 2017, 4:00 AM

Antes de llegar a su enésima audiencia de pedido de cesación de detención preventiva, Zvonko Matkovic Ribera dejó saber que acudiría a la misma “preparado para lo peor”, aun cuando no dejaría de rogar que pasara lo mejor. Una frase de por sí desgarradora, porque refleja no apenas el sentimiento personal de Zvonko, sino el que cargan como plomo en sus espaldas otros miles de bolivianos que luchan por seguir de pie en este país, teniendo en contra grandes adversidades alimentadas desde el Estado, entre ellas la más lapidaria, la de la falta de garantías para el respeto y ejercicio pleno de sus derechos ciudadanos. 

Es una falla que se ve a diario, desde los casos más comunes como son los de no tener acceso garantizado a los servicios de salud y de educación, hasta los más complejos que suelen ser corrientes sobre todo en los servicios de seguridad, en el famoso tríade Policía, Ministerio Público y Justicia. Llegar a cualquiera de ellos esperando siempre lo peor es ya una regla de ineludible consideración, a la que se le añade como algo extraordinario el que las cosas ocurran de la mejor manera posible. ¿No es esta realidad un inconcebible absurdo que habla más de un mundo al revés, contra el cual debiéramos rebelarnos?

Volvamos a Zvonko y a su sentimiento de llegar a una audiencia judicial “preparado para lo peor”. Una manifestación de indefensión extrema que debería conmover no apenas al entorno familiar y de amigos de Zvonko, sino también a quienes miramos desde lejos qué atrocidades ocurren tras los muros que encierran lo que bien podría llamarse “modernos campos de concentración”. Un nuevo sistema de control, hostigamiento y represión en el que nadie está libre de caer, si es que así lo deciden los mandantes de turno. Que lo digan incluso los exasesores, acólitos, seguidores o colaboradores caídos en desgracia…

Cualquiera de nosotros puede repetir el calvario que sufre hoy Zvonko, al igual que Juan Carlos Guedes y Alcides Mendoza, los tres que continúan presos por el caso Rózsa, el que estalló en abril de 2009. Cualquiera puede caer en desgracia frente a los ojos del poder central. Cualquiera puede perder, en un abrir y cerrar de ojos, sus derechos ciudadanos. Y no habrá ley capaz de impedirlo, mientras su aplicación dependa de la voluntad e interés del mandamás de turno. Dicho de otro modo: mientras agachemos la cabeza, aceptando con resignación y sin aullar a que nos toque lo peor, dejándonos convencer además de que así es porque nos lo merecemos. 

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