Opinión

Estado social de derecho

El Deber 30/5/2017 04:00

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A comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, la democracia como sistema político parecía haber llegado a su plenitud, por esos años culminaba aquello que se conoció como la ‘tercera ola de la democracia’, llamada así porque docenas de países establecieron democracias electorales. 

Como resultado de este proceso, por primera vez en la historia de la humanidad hubo más personas viviendo bajo regímenes democráticos, pero estos fueron sometidos al autoritarismo político, donde la suerte de gran parte de la población (los más pobres, la población rural y las minorías) fue la misma; es decir, la democracia no dignificó sus vidas, ya que continúan padeciendo los mismos problemas: hambre, desamparo, falta de salud y educación, violación de los derechos humanos por parte de la Policía, falta de acceso al sistema judicial y un trato desigual. 

Ahora bien, mediante la implementación efectiva de un verdadero Estado social de derecho, donde la jurisdicción es el sujeto activo y protagónico de este, el Poder Judicial de las democracias modernas no es el mismo que el del viejo Estado de derecho ‘kelseniano’. Aquellos que trabajan como jueces tienen en sus espaldas una responsabilidad mayor que la de resolver el planteamiento formulado en el expediente que está sobre su escritorio, pues cada decisión que ellos adoptan aporta en alguna medida a ese cemento para seguir construyendo, ese cemento social, esa mezcla del derecho y la razonabilidad en la interpretación y aplicación del sistema judicial para juntar nuevos ladrillos y reforzar los ya pegados. 

Esto pasa, al igual que al docente, al comerciante o al muchacho que reparte periódicos por las mañanas, ya que el trabajo de todos, día a día, construye nuestra democracia porque en ella no hay actor protagónico, de reparto o extras; todos somos protagonistas, solo necesita de nuestra participación. Empero, en la película del Estado social de derecho nacional al juez le ha tocado un papel distinto al que tenía en el viejo Estado legalista. Para algunos más que para otros, lleva tiempo adaptarse al guion: el cumplimiento de la Constitución y la tutela de los derechos humanos. 

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