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Estamos más conectados que nunca, pero cada vez más solos

Miércoles, 24 de junio de 2026 a las 05:00

En una época donde hablamos con cientos de personas cada día, cada vez son más quienes sienten que no tienen con quién hablar de verdad.

Vivimos en una era de conexiones permanentes. Despertamos y lo primero que hacemos es revisar el teléfono, respondemos mensajes, reaccionamos a publicaciones, enviamos audios, compartimos fotografías y seguimos la vida de personas que, muchas veces, ni siquiera conocemos personalmente. Nunca antes la humanidad había tenido tantas formas de comunicarse y, sin embargo, nunca había sido tan común escuchar frases como: “Me siento solo”, “No tengo con quién hablar” o “Siento que nadie me entiende”.

La soledad se ha convertido en una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.

En Santa Cruz, una ciudad que crece a un ritmo acelerado, donde todos parecen estar ocupados persiguiendo metas, trabajando, emprendiendo o tratando de sostener a sus familias, también crece una realidad silenciosa: muchas personas están atravesando sus luchas sin compañía emocional.

No hablamos únicamente de quienes viven solos, la soledad no siempre tiene que ver con la ausencia de personas, hay quienes están rodeados de familiares, compañeros de trabajo, amigos o seguidores en redes sociales y aun así sienten un vacío difícil de explicar, porque una cosa es estar acompañado y otra muy distinta es sentirse comprendido.

Durante años, las relaciones humanas se construyeron alrededor de la presencia, las familias compartían largas conversaciones en la mesa, los vecinos se conocían por nombre, los amigos se visitaban sin necesidad de anunciarse con días de anticipación y los encuentros eran parte natural de la vida cotidiana. Hoy, en cambio, vivimos conectados digitalmente, pero muchas veces desconectados emocionalmente.

Las redes sociales han traído enormes beneficios, nos permiten mantener contacto con personas que están lejos, acceder a información en segundos y crear comunidades alrededor de intereses comunes. Sin embargo, también han generado una ilusión de cercanía que no siempre se traduce en vínculos reales.

Podemos recibir decenas de reacciones a una fotografía y aun así sentirnos invisibles. Podemos tener cientos o miles de seguidores y no encontrar a una sola persona con quien hablar cuando atravesamos una crisis, podemos publicar sonrisas mientras intentamos ocultar preocupaciones, ansiedad, tristeza o miedo.

Quizás por eso cada vez resulta más difícil responder con honestidad cuando alguien pregunta cómo estamos.

La sociedad nos ha enseñado a mostrarnos fuertes, a decir que todo está bien, a continuar trabajando, aunque estemos agotados, a seguir sonriendo, aunque llevemos una tormenta por dentro. Se celebra la productividad, la eficiencia y la capacidad de resolver problemas, pero pocas veces se habla de la necesidad de detenernos para escuchar y acompañar.

En Bolivia existe una cultura profundamente solidaria, cuando ocurre una tragedia, la gente se moviliza, cuando una familia necesita ayuda, aparecen manos dispuestas a colaborar. Esa capacidad de empatía sigue siendo una de nuestras mayores fortalezas como sociedad. Sin embargo, en la rutina diaria parece que hemos olvidado algo fundamental: preguntar y escuchar.

Escuchar de verdad, no escuchar mientras revisamos el celular, no escuchar para responder rápidamente, escuchar para comprender.

Tal vez la persona que sonríe todos los días está atravesando una situación difícil, tal vez ese amigo que se alejó no necesitaba distancia, sino apoyo, tal vez nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos o nuestros compañeros de trabajo están esperando una conversación sincera que nunca llega porque todos asumimos que están bien.

La soledad moderna no siempre hace ruido, muchas veces se esconde detrás de agendas ocupadas, publicaciones felices y respuestas automáticas, por eso es tan difícil identificarla.

Quizás ha llegado el momento de recuperar algo que la velocidad de estos tiempos nos está quitando: la capacidad de estar presentes.

Estar presentes en una conversación, en una visita, en una llamada, en un café compartido sin apuros, en una pregunta hecha con interés genuino, en un mensaje que no busca cumplir un compromiso social, sino demostrar que alguien importa.

Porque al final, las personas no recordarán cuántos seguidores tenían, cuántos correos respondieron o cuántas horas trabajaron, recordarán quién estuvo ahí cuando más lo necesitaron.

Estamos más conectados que nunca, pero la verdadera conexión sigue ocurriendo de la misma manera que siempre: cuando alguien se toma el tiempo de mirar a otro ser humano y decirle, con atención y sinceridad, “contame cómo estás”.

Y quizás, en un mundo que corre demasiado rápido, esa siga siendo una de las formas más poderosas de combatir la soledad.

(*) María Sidney Saucedo Gómez es periodista

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