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Con la victoria de Arce Catacora, el MAS no solamente logró reconstituirse, sino, además, articular un esquema de poder que cubre básicamente todos los núcleos que permiten el control total de la sociedad bajo la perspectiva ideológica masista. Las leyes que pretenden imponer un sistema de control ciudadano que acertadamente fueron calificadas como un intento de organizar un Estado policiaco al mejor estilo de las dictaduras socialistas del siglo pasado, el poderoso desplazamiento de un sofisticado “ejercito informático” en el campo virtual a través de redes y aplicaciones de uso colectivo a cargo de expertos altamente calificados. 

La puesta en marcha de una depuración extensiva e intensiva de funcionarios públicos considerados “Traidores, infiltrados y pititas” al margen de cualquier criterio técnico y profesional, conlleva la politización total del aparato de Estado. Las disposiciones en torno a los ascensos en la Policía Boliviana y las Fuerzas Armadas prefiguran una estructura represiva del Estado fuertemente controlada por el partido. 

En paralelo, la organización de grupos armados irregulares claramente identificados como el brazo armado del MAS y su accionar en el campo y en las ciudades pretende no solo potenciar el reclutamiento de afines (ya por afinidad ideológica o por miedo) sino, además, armar un esquema basado en el terror al mejor estilo fascista. Mussolini y Hitler utilizaron este recurso en su lucha por el poder, y como sabemos, lo obtuvieron. Se suma a esto el control absoluto que el Gobierno ejerce sobre el Poder Judicial, un copamiento progresivo de las instituciones sociales más representativas y el avasallamiento y/o eliminación de las instituciones democráticas a todo nivel. Es claro que a estas alturas difícilmente podría hablarse de un Estado de derecho, sin embargo, es solo el preámbulo de una organización totalitaria de muchísima mayor envergadura.

Mas allá de los argumentos académicos y de las siempre sutiles artimañas del discurso, Bolivia enfrenta un momento en que, bajo una apariencia democrática, inherente a los regímenes populistas y fascistas, se juega todas las posibilidades de sobrevivencia dentro de un sistema democrático y plural.

Hasta no hace mucho, la imagen que los ciudadanos teníamos del MAS y particularmente de Evo Morales, se inscribía en el perfil de los típicos caudillos abusivos latinoamericanos, rodeados de un mítico halo de sacralidad hipernacionalista, telúrica, ancestral o definitivamente mítica. Su discurso rozaba los límites de la tiranía, pero difícilmente podríamos haberlo tachado de una dictadura desembozada sin límite alguno. 

Este perfil se ha transformado, la forma directa en que se despliegan acciones de corte totalmente antidemocrático, las pretensiones de legitimar a través de los 2/3 masistas normas que eliminan de gajo las libertades ciudadanas más preciadas, el uso abierto e impune de la violencia y la represión política a todo nivel, prefiguran una dictadura de la talla de un Noriega o de la naturaleza de un Maduro, que jactanciosamente le han mostrado al sistema interamericano y el mundo entero, que el poder cuando está basado en el terror, y cuando el Estado se transforma en el “enemigo principal” de la sociedad civil, las acciones de países e instituciones democráticas pesan muy poco, o nada.

No se trata, en consecuencia, de un conflicto “normal” en que suelen intervenir más intereses personales, de grupo o de partido, se trata de una disputa que pone en peligro la existencia de una sociedad democrática forjada en la lucha por sus derechos y el imperio de un Estado democrático. A estas alturas pocas dudas quedan de la decisión de los altos dirigentes masistas de llevar el país al límite posible de su resistencia, y avasallarlo, aunque el precio se registre con sangre, dolor y sufrimiento.

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