Opinión

Evo, Daniel Radcliffe y la ‘marca país’

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6 de noviembre de 2017, 6:50 AM
6 de noviembre de 2017, 6:50 AM
Esto no ocurre todos los días: uno de los actores más afamados del mundo, el británico Daniel Radcliffe, nada menos que quien interpretó a Harry Potter en ocho películas, deseaba venir a Bolivia a filmar una cinta que tendría como telón de fondo la exuberante selva del Madidi.


Considerando que al presidente Evo Morales le encanta recibir a personalidades del exterior, y que dice que busca promover el turismo nacional, era lógico pensar que Radcliffe obtendría apoyo oficial y sería recibido con honores en Palacio de Gobierno. De hecho, dos actores que llegaron a Bolivia invitados por la CBN (Jude Law y Edward Norton) fueron recibidos allí y luego compartieron la tarima del Carnaval de Oruro con Morales y el vicepresidente Álvaro García Linera (en una de esas ocasiones se coló la exnovia del mandatario, Gabriela Zapata, para tomarse una foto). Aparte de esos actores, Morales también les ha hecho homenajes a futbolistas famosos que llegan a Bolivia como Messi, Neymar o Ronaldinho. A toditos ellos les dio regalos. 


Pero no se le dio el mismo trato a Radcliffe, pese a que quería, nada menos, filmar una película que podría haber sido usada para promover el turismo en el Madidi y, por añadidura, al resto del país. Pero nada. Finalmente, Radcliffe y su equipo hicieron la película en Colombia, que dio todas las facilidades a los actores y al equipo de producción, como era obvio. 


El problema es que el filme, Jungle, que ya ha tenido una premier mundial y que ha sido destacada por los principales medios de comunicación del mundo (desde el New York Times hasta el The Guardian de Londres y El País de Madrid) narra la historia de Yossi Ghinsberg, un israelí que se perdió en el Madidi en 1981 durante 21 días. Cuando nadie creía que seguía vivo, fue hallado por dos de sus amigos. Es, como se dice, una historia de película. Ghinsberg escribió luego el libro De regreso del Tuichi, que se hizo muy famoso sobre todo entre los jóvenes israelíes, quienes, gracias al texto, empezaron a llegar por miles a Rurrenabaque y al Madidi.


Deseaban recorrer los lugares en los que su compatriota había desafiado a la muerte. También llegaron, en menos escala, estadounidenses. 


Pero luego el Gobierno hizo lo inesperado: ordenó que esos turistas gestionaran visas de ingreso, a 160 dólares por nuca, para poder ingresar al país. La conclusión de ello es que el turismo en Rurrenabaque, después del auge de años anteriores, está agonizando. Sin los turistas de Israel y EEUU solo llegan ahora unos pocos visitantes de países limítrofes. Muchos restaurantes y hoteles han cerrado y los guías turísticos no tienen empleo.


Además, precisamente la región del Madidi es la que se verá afectada si las autoridades se empeñan en construir las represas del Bala y Chepete. La hermosura retratada en la película podría quedar, literalmente, bajo las aguas. Es por estas razones que esta película es incómoda para el Gobierno. Pudiendo ser un elemento importante de la promoción turística, y aprovecharse de la fama de Radcliffe, las autoridades hacen lo contrario. 


¡Ah! A propósito, el filme ya ha sido exhibido en decenas de países alrededor del mundo… menos en Bolivia. Los administradores de las salas de cine del país dicen que no la tienen entre sus prioridades. ¡Una película sobre Bolivia que no se presenta en Bolivia! Esto es de locos.


Todo esto demuestra que la retórica gubernamental (Morales habló 40 minutos al presentar ‘la marca país’) no tiene nada que ver con sus acciones concretas. La tozudez ideológica es superior a ellos. Y los coloca contra los intereses de la gente.

 
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