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Evo, el creador del miedo

22/11/2019 03:00

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Texto: Diego Ayo


Evo convoca a morir. El exmandatario de Bolivia lanza una proclama casi de fe para ir a postrarse a la muerte. Y no puede más que rondar una interrogante: ¿no le duele que sus hermanos chapareños mueran tratando de inmolarlo? La respuesta debe ser precisa: no, no le interesa un carajo. 

Todo lo contrario, mientras más “hermanos” yazcan sobre el césped, mejor. El enorme pensador Rousseau creía que los reyes de Francia eran incapaces de sentir compasión por sus súbditos. ¿La razón? Pues que un monarca no puede sentir emoción alguna por seres inferiores. No conciben la posibilidad de ser condescendientes con el dolor ajeno. 

El sufrimiento de otros solo sirve para entronar la valía personal o lo que se cree puede ser esa valía. Los muertos engrandecen o empequeñecen, pero no se sienten. He ahí el meollo del asunto. Y Evo, por supuesto, no siente. 

Él es la renovación actualizada de algún rey árabe y ve a sus compatriotas como encarnaciones inferiores. O los ve como moribles. Vaya palabrita que no existe pero me permite dejar en claro que el combate exigido tiene un solo propósito: perder. ¿Se imaginan ustedes entrar a una guerra con la idea de perder? Ese es el propósito de su majestad don Evo. Sueña con ver las calles repletas de cadáveres de lo que él llama “su gente” pero que en verdad no es su gente. No, para nada: ¡son sus vasallos!

Es un hombre enamorado de sí mismo. No es casual que nuestra magna exautoridad ande solo. Por supuesto, que no lo es. Evo es un narciso. Y el amor no puede ser jerárquico. Evo ordena que lo amen y que mueran por él. 

Como reafirma la genial intelectual Martha Nussbaum en su libro La monarquía del miedo, el señor, si de veras quisiera amar, necesitaría pensar a los que lo rodean como individuos separados. Sólo así podría imaginar lo que esa persona siente y desea y su rumbo sería hacia esa “reciprocidad democrática” y no a la supeditación monárquica.

¿Pues qué crea el miedo y qué quiere crear don Evo Morales? Lo que siempre ha buscado: el rebalse del miedo. No puede evitarlo y no puede ser la persona llena de consejos y sabiduría que quisiéramos que sea. Evo intenta acorralar al periodista de la BBC generando miedo. Es dramático comprobar que ese Evo nunca, ni por un breve instante, intenta dialogar. 

Busca amedrentar. Ya lejos del poder, en un set de una empresa de televisión extranjera, y, sobre todo, sin ser ya presidente de Bolivia. ¿Normal? Absolutamente. Evo es un mago del terror. Sabe crearlo, sabe diseminarlo. Cuando no tienes miedo, criticas. Cuando no estás aterrado, te opones. El secreto reside en inventar el miedo y no hay duda que se lo logra. Ese es el aspecto más repulsivo pero ciertamente efectivo.

El profesor Timur Kuran se refiere a ese temor inventado como un enorme peligro. Nos habla de la “cascada”, cuyo efecto evidente es el desborde violento del odio de modo repentino, aún entre seres humanos que se llevaban bien. En esos contextos, la realidad se etinifica. Si te definías como atigrado, bailarín o biólogo, hoy lo haces como aimara. Y al etnificarse esta realidad, se parapeta en dos inconmensurables bloques: el de “ellos” y el de “nosotros”. Evo, nuestro magno ex presidente, es un fantástico creador de este invento y aunque en Bolivia convivan ese ejjas o movimas, aimaras urbanos del distrito 7 de El Alto, quechuas migrantes que residen en los barrios nuevos de Santa Cruz u otras porciones aimaras/quechuas en los rincones de Tarija, el mundo ya solo admite esta doble presencia: la de quienes nos matan y la de quienes mueren. Su colega Sudhir Kakar corrobora esta visión advirtiendo que la milenaria y, sobre todo, pacífica coexistencia entre musulmanes e hindús puede quebrarse de pronto. ¿Cómo? La presencia de líderes que azuzan los odios es central. Estos líderes generan nuevos conocimientos o lo que se llama “nueva información”, usualmente básica, manipulada y, por ende, errada pero, y el pero acá es gigante, políticamente atractiva. “Nos odian”, afirma Evo.

Da ganas de responder que no, cómo odiaríamos a otros bolivianos solo por su color de piel. Sin embargo, en su derrota, ya fuera de Bolivia, Evo triunfa y los bolivianos nos etnificamos (o nos re-etnificamos) súbitamente. Logramos que nuestras premisas antirracistas se destruyan y aunque el señor es un perdedor, acabe ganando. Evo es el ilustre perdedor que gana. Ese es el peligro, pues aún en su pequeñez actual, el hombre sobresale. Ya lo sabemos: no importa que mueran. Mejor, en realidad necesitamos que mueran. La cascada debe iniciarse y él lo sabe. Y lo que es aún más duro es que ya lejos, en México, su ponzoña se instala e irradia. No debemos permitirlo. No hay duda que se puede. El miedo que destila este caballero debe ser extirpado.