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8 de abril de 2018, 4:00 AM
8 de abril de 2018, 4:00 AM

40 años. No hay tango para este lapso que cante, como suele ser en este género atiborrado de despechados e infieles, alguna desgracia. Pero no es que falte la letra y menos la fatalidad. En verdad, solo escasea el talentoso que la componga. Sí, señor, han pasado 40 años del final aciago del general Banzer allá por 1978 y Sísifo se hace presente como bien lo explica Miguel Roca en su libro Proceso de cambio, el milagro que no fue, editado por la Fundación Pazos Kanki y la carrera de Ciencias Políticas de la UMSA. Esta década y poco más con Evo a la cabeza hemos subido una inmensa montaña integrando a miles de bolivianos a la vida política, social y económica del país aunque instalados ya en aquella cima hemos vuelto a deslizarnos hundiéndonos en las faldas del cerro: foja cero y ¡dejavú!, Bolivia anclada en el año 1978: las exportaciones están cayendo mi general; los ingresos fiscales han disminuido mi general; la deuda sigue aumentando mi general; el déficit fiscal ya es la seña más distintiva de nuestra economía mi general; la inversión en karachipampas y ‘elefantes blancos’ ya es usual mi general; las empresas públicas se tornan cada vez más ineficientes mi general; estamos más cerca del mar mi general; usted ha logrado crear esta ‘nueva Bolivia’ mi general; debe quedarse en el poder por un tiempo mayor para seguir reformando al país, mi general... 

Igualito. Igualito, solo que en vez de mi general cabe otro presidente: el ‘hermano Evo’, que terco como mula se empeña en jugar al mono mayor emulando al dictador: en 2016 la exportaciones de gas menguaron en aproximadamente 4.000 millones de dólares, las importaciones superan ampliamente a las exportaciones, entre la deuda interna y externa ya rebasan el 50% del PIB, el déficit fiscal se situará a final del 2018 en  un7%; hay aeropuertos sin pasajeros, plantas de azúcar sin azúcar o empresas de celulares bolivianos cuyos gerentes usan Huawei y un largo etcétera de empresas públicas escasamente eficientes (e incluso, en algún caso, alevosamente ineficientes); se exhibe el artilugio marítimo como la política más memorable del ‘proceso de cambio’ y/o se refriega el mesianismo en torno al ‘líder que sigue los pasos de Jesús’.

Todo ello revive con indisimulable exactitud el tiempo de Banzer en el tiempo actual. Evo es el clon de Banzer. El dictador y el autócrata se dan la mano como si no hubiese transcurrido ni un día. Pero, y he aquí la pregunta del millón: si Evo reencarna a Banzer, ¿el siguiente presidente reencarnará a Siles? Quizás, y así el ciclo económico banzerista con sus tres grandes etapas: bonanza, deuda y crisis, renacerá en cuna diferente. Ya hemos pasado la bonanza, nos sumergimos de lleno en la deuda, ¿vendrá la crisis? No lo sabemos, pero sí debemos visualizar esta sañuda recurrencia de los ciclos que hoy engalanan a nuestro primer mandatario Morales con traje militar.

En todo caso eso es futurología. Lo que interesa resaltar hoy es que la derecha y la izquierda se hacen añicos como conceptos capaces de diferenciar un modelo político y económico de otro. Esta repetición del ciclo banzerista bajo la égida de un campesino cocalero exhibe la inutilidad de nuestras distinciones políticas. Requerimos salir de ese koñichi ideológico de marras, aquel de la izquierda revolucionaria antagónica a la derecha conservadora, y crear nuevas distinciones: los gobiernos que se rifan la bonanza versus los gobiernos que administran con un mínimo de cautela la misma; los demócratas versus los autoritarios; los endeudados para pagar edificios presidenciales versus los endeudados para producir más; entre otras dualidades que nos arrostran una verdad cada vez más certera: no importa la extracción social, la fe religiosa o la belleza. Da igual, al menos cuando tienes plata: igual te la chupas, sacas créditos para pedir más trago y tienes ch’aquí. Y es que sí, el alcohol nos iguala, pero nos iguala más una historia de arrogancia, incompetencia y deriva autoritaria que con poncho o sable reincide maliciosa para enseñarnos que aunque con colores y olores distintos, nuestros gobernantes aplazados, resurgen una y otra vez.

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