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Evo y Donald

Manfredo Kempff 14/1/2021 05:00

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No sé si alguien se sentirá ofendido con esta nota, si Evo Morales o Donald Trump. Aunque ninguno de los dos la va a leer; Morales porque no lee nada y Trump porque se ríe de lo que escriban sobre él. Peor aún después de haberse atrevido a inducir el asalto al Capitolio a algunos revoltosos que lo apoyaban, aunque, ante el estupor de sus compatriotas y del mundo, se debió de disculpar por semejante fechoría.

Morales y Trump no se parecen físicamente, salvo en el volumen corporal; también son similares en su lenguaje tosco y elemental. Y son idénticos en su racismo. El americano con sus “Proud Boys” y su desprecio por mexicanos, musulmanes, negros e hispanos en general. Y el nativo con sus Ponchos Rojos, Bartolinas, Guerreros Azules, y su rencor contra los “k´aras”, los blancuzcos. El racismo está incrustado en la mente de Morales y de gran parte del MAS. Hace pocos días, Eva Copa, joven líder masista que se pasó a las filas del Mallku, le decía a un adversario “…por qué no me apoyas a mí, somos aimaras, la sangre nos llama”. Imagino lo que sucedería si en Santa Cruz un candidato habla con otro camba de apoyo a la sangre común.

Difieren en que Trump es un multimillonario a nivel mundial y Morales un pelagatos (salvo que tenga platita escondida); Trump tiene una esposa espectacularmente bella y Morales no deja sus andanzas de solapado seductor; Trump es un capitalista y Morales se declara socialista; y el gringo juega golf mientras el otro ama el fulbito.

Sin embargo, tienen otras similitudes que se han podido evidenciar en los últimos meses. Lo primero de todo es que ambos profesan un amor desenfrenado por el poder. De Evo Morales se sabía que no pensaba irse de la Presidencia porque quería recuperar parte de los 500 años en que, presuntamente, españoles y criollos habrían explotado a los indígenas desde los tiempos de la Conquista. Entonces, según él, los indios no deberían dejar de gobernar durante otros 500 años, con la participación de algunos mestizos.

Trump, que había hecho un gobierno bastante bueno para la mayoría de los norteamericanos, desde el punto de vista de la economía, sobre todo quería, como cualquier presidente norteamericano, ser reelegido por otros cuatro años. No era nada extraordinaria la aspiración y se ajustaba a la Constitución. No como Evo Morales que se había burlado de todas las expresiones democráticas de los bolivianos, para perdurar en un mandato, ad infinitum. Además, Morales llevaba ya 14 años parapetado como una almeja en el poder y Donald solo cuatro en la Casa Blanca.

Queda a la vista entonces, que ni Trump ni Morales querían irse del mando. Para mantenerse arriba, ambos recurrieron a obstruir las elecciones en que participaron, al ver que las perdían. Trump negando la clara victoria de Biden que había alcanzado los 306 electores (necesitaba 270) acusándolo de un fraude imposible de confirmar.

Evo Morales estaba ganando los comicios del 20 de octubre de 2019, pero necesitaba superar a Carlos Mesa con diez puntos, por lo menos, para no ir a la segunda vuelta, donde sabía que estaría perdido. Convencido de que Mesa no dejaba de aproximársele a medida que pasaban las horas, recurrió al fraude. Lo tenía montado. Detuvo el recuento de votos durante un día y cuando se reinició la Suprema Corte Electoral ya había hecho su trabajo: ganaba Morales las elecciones por 10,57%, es decir lo estrictamente necesario para evitar el balotaje. Fue tan evidente el enjuague electoral con que le birló la Presidencia a Mesa, que la población lo rechazó indignada. Morales, admitiéndose culpable, ofreció convocar a nuevos comicios, pero ya nadie quiso oírle. Ante un pueblo enardecido, renunció, huyó a México, y dio paso al Gobierno transitorio constitucional de la señora Jeanine Áñez, al que ahora califica como Gobierno de facto.

Trump será objeto posiblemente de un juicio político (impeachment), con lo que toda participación política le quedará vetada de por vida. Los demócratas no le darán tregua hasta liquidarlo. A Morales, sin embargo, le perdonaron sus juicios pendientes y para estupor de todos quiso ser candidato a senador. Si falló su intención de candidatear no fue como castigo por la trampa electoral que realizó, ni por los desmanes y muertes que produjo desde el exilio, sino por una nimiedad muy peligrosa: no tenía los dos años de residencia en Bolivia que se requerían para postular.

Trump estará enterrado políticamente porque así lo dictará la justicia norteamericana, pero Morales no, porque la justicia boliviana la sigue manejando su partido, y, cualquier momento, nos aparece como candidato presidencial nuevamente.



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