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Mis charlas con migrantes venezolanos en las rotondas de Santa Cruz de la Sierra, las continué -con mayor calma y profundidad- en las calles, tiendas, edificios, restaurantes y espacios públicos de Santiago. En Bolivia, ellos están de paso, aquí en Chile llegaron para quedarse. En 2012 la comunidad venezolana no pasaba de los 8 mil. En la actualidad, en un incremento explosivo, han superado los 500 mil. Y claro, se nota. No hay una sola tienda de los centros comerciales en los que no se perciba el acento llanero, costeño, caribeño e incluso andino de las muchas regiones de ese país tan diverso.
Además, de un comportamiento más desenfadado, que el conservador y mesurado santiaguino copetudo, los rasgos y tonalidades de piel los delatan. Y en el caso de las mujeres, el ingrediente genético africano es todavía más evidente y llamativo.

Los extranjeros en Chile aumentaron de 305 mil en 2010 (1,8% de la población total) a casi un millón y medio en 2020 (7,5% del total), según el INE y el Departamento de Extranjería y Migración. Los venezolanos son el grupo más grande (30,5%), seguidos de peruanos (15,8%) y haitianos (12,5%).

Mario (así lo llamaré) trabaja en una tienda especializada en instrumentos y accesorios musicales. Este bolivarense, veinteañero, era parte de una banda de rock que formó con sus compañeros del instituto de artes y a los que tuvo que abandonar. La música es su mundo, y él conoce y sabe diferenciar las marcas de las guitarras, baterías, instrumentos de viento, teclados o cuerdas. Este invierno cumplirá tres años en Chile. Fue lavaplatos, guardia de seguridad, garzón, repartidor de comida, hasta que un colega músico lo recomendó para este trabajo, que es lo más cercano a lo que él estudió. “Para mí, llegar a Chile fue como cumplir el sueño americano. Salí de mi natal Bolívar -sur de Venezuela- con una mochila cargada de sueños. Las peripecias para cruzar la selva brasileña, el sur de Perú y atravesar caminando tres días por el desierto, para arañar las calles de Arica, son dignas de un guion para una película de terror y aventuras. Y aquí estoy, enviando dinero a casa, y haciendo gestiones para que a mi hermano menor no le cueste tanto su venida”, me confiesa.

María Alejandra, conserje del edificio donde está el departamento en el que estoy hospedado, es una guapa caribeña, nacida en Maracaibo, capital del estado de Zulia. Llegó hace un año, junto a su pequeña hija, en media pandemia, por recomendación de su madre que ya tiene buenos contactos laborales hechos en los cuatro años de trabajar en Chile. “Llegué un día tan frío, pero tan frío, que pensé que nunca me iba a acostumbrar. No quiero recordar lo que viví y lo que me propusieron al cruzar la frontera. Eso ya pasó. Estoy aquí y mi hija tendrá un mejor futuro. Algún día podremos retornar”, me manifiesta, con una mirada triste, pero llena de esperanza.

Este par de testimonios, de los muchos que recogí en Santiago, son una muestra de una de las crisis de desplazamiento más importante del mundo. De acuerdo con Acnur, la agencia de la ONU para refugiados, hay 5,4 millones de venezolanos refugiados en distintos continentes. El principal destino en Latinoamérica es Colombia, donde actualmente residen más de 1 millón 700 mil venezolanos.

Se escribe y se critica mucho a las legislaciones migratorias de los países receptores, de los pasos clandestinos y el negocio alrededor de las fronteras, de la xenofobia que este éxodo genera, de los derechos de los migrantes o de las inexistentes políticas de integración latinoamericana. Sin embargo, la raíz del problema está en el país que los expulsa. Nadie se va de su tierra sin buenas razones que lo obliguen: colapso económico, crisis humanitaria (hambre, pobreza, falta de oportunidades) o violación a los DDHH. ¿Maduro, el chavismo, el socialismo del siglo XXI, tendrían algo que decir?

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