Opinión

Ferias itinerantes que se quedaron

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19 de julio de 2017, 4:00 AM
19 de julio de 2017, 4:00 AM

El comercio informal asfixia sin misericordia la capital cruceña. Solo los ropavejeros –que realizan su actividad contraviniendo un decreto supremo– ya copan 45 espacios y se calcula que sus afiliados suman 80.000, cifra más que concebible si uno observa que avenidas enteras ya han sido tomadas de canto a canto. El ‘shopping Cumabi’ es ejemplo emblemático de esta anomalía urbana: lo que comenzó como una pequeña feria itinerante ahora es un mercado de grandes proporciones, donde –además de ropa usada– se venden calzados, ropa de cama, utensilios de cocina y juguetes. Los comerciantes hablan de ganancias de hasta el 100%; ahí radica el mayor incentivo para que el ‘shopping’ crezca como pulpo, invadiendo vías, áreas verdes y veredas del vecindario.

El creciente problema se da justo cuando la Alcaldía lleva adelante un plan para reubicar los mercados tradicionales de la ciudad. Aun si logra su propósito, luego deberá ocuparse de poner en su sitio a estos más recientes avasalladores de los espacios públicos. Para ello tendrá que diseñar políticas que no solo resuelvan los problemas del sector gremial, sino que también cuiden aspectos urbanísticos, funcionales, paisajísticos y patrimoniales de la ciudad, como ya lo han sugerido los expertos.

El Cedure, por ejemplo, recomienda que el rol del municipio no se limite a la ejecución de obras, sino que se convierta en ejecutor de servicios, mejorando el equipamiento y las prestaciones sociales. Esto último es visto, por la mencionada plataforma, como “precario, sin normas, sin continuidad y poco sistemático”, por lo que recomienda que “los mercados sean controlados y organizados en red y por niveles de atención, para disminuir aglomeraciones, viajes demasiado largos, comercio callejero y problemas ambientales”. El arquitecto Fernando Prado ya había advertido del riesgo de que las ferias itinerantes, concebidas erróneamente como mercados populares con abarrotes, se instalen en espacios públicos bajo la modalidad de ‘mercado temporal’. Ahora vemos los resultados de no tomar en cuenta su advertencia. Una cosa es una feria itinerante de alimentos frescos estacionales, y otra, la idea de un mercado de abarrotes, que pronto adquiere característica de permanente. 

A pesar de los perjuicios ya causados en esos 45 espacios, la Alcaldía debe asumir su rol como gestora de servicios para que este ejército de vendedores informales traslade su actividad a infraestructuras adecuadas. Aparentemente hay suficientes ganancias como para pensar en inversiones público-privadas, de modo que los transgresores de hoy aporten a las soluciones de mañana. 

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