Opinión

Foro de San Pablo, Evo Morales y Jair Bolsonaro

El Deber 27/7/2019 04:00

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El expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva inauguró en 1990 el primer Foro de San Pablo como la principal plataforma de la nueva izquierda latinoamericana al inicio mismo del casi cuarto de siglo que encumbró a gobiernos de esa corriente ideológica en Venezuela, Brasil, Bolivia, Argentina, Nicaragua, Ecuador y El Salvador.

Inspirados en Cuba, los líderes de este núcleo de más de 70 partidos que propugnan el socialismo tuvieron una descollante influencia en América Latina, a través de administraciones que impulsaron una mayor participación del Estado y políticas sociales para reducir la pobreza.

Levantan como bandera la disputa abierta contra el trillado “imperialismo y el capitalismo”, encarnados en Estados Unidos y las potencias occidentales, pese a que un año antes de su inauguración, en 1989, había caído el Muro de Berlín y los partidos de izquierda en Europa daban un giro hacia la socialdemocracia y a pesar de que la comunista China había girado hacia la economía de mercado a fines de los años 70.

Tres décadas después, los vientos cambiaron de curso y la izquierda ha retrocedido en la región de forma considerable, tras el agotamiento de su modelo político y económico, lo que dio paso a la irrupción de una nueva corriente neoliberal que, con diversos matices, también llegó al poder en la mayor parte de esos países, salvo Bolivia, Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Uno de los aspectos más criticados de la propuesta del Foro de San Pablo ha sido su marcada ideologización y sus propias contradicciones por la prevalencia de la corrupción, la desigualdad social, el autoritarismo y el culto a la personalidad de sus principales dirigentes, entre ellos los fallecidos Hugo Chávez y Néstor Kirchner, y los líderes Lula da Silva, Daniel Ortega, Rafael Correa, Cristina Fernández y Evo Morales Ayma.

Hoy, el Foro de San Pablo ha perdido su capacidad de interpelación y propuesta. Producto de ese proceso no es casual la ausencia esta semana del presidente Evo Morales en Caracas (Venezuela), sede de la XXV reunión del Foro de San Pablo.

Días antes, durante una reunión con los mandatarios del Mercosur, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, elogió el cambio que habría sufrido Morales en los últimos meses, alejándose de aquella corriente ideológica, lo que se tradujo en la expulsión del izquierdista italiano Césare Battisti, protegido por los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff y su posterior entrega al premier italiano, el derechista Mateo Salvini. Para el ingreso pleno de Bolivia al Mercosur, Bolivia necesita sí o sí el respaldo del Gobierno brasileño, hoy en manos de uno de los mayores referentes de la derecha a escala global.

Además, Bolivia aspira a renovar su contrato de venta de gas natural con Brasil a fin de año, dato clave para la nueva relación. Bolsonaro llegó al punto de “aconsejar” a Morales que no asista al Foro de San Pablo en Venezuela. Y así ocurrió.

El Gobierno de Morales no respondió al consejo de Bolsonaro, pero, fiel a su olfato político y su pragmatismo, el mandatario boliviano no asistió al encuentro y solo envió a una delegación menor encabezada por la bartolina Juanita Ancieta, secretaria de relaciones internacionales del Movimiento Al Socialismo (MAS), tal como lo confirmó el canciller Diego Pary.

El pragmatismo muestra que, en tiempos de vacas flacas, más vale priorizar los negocios y el interés económico nacional a la ideologización que ha marcado muchas acciones del Gobierno y que no siempre ha dejado buenos frutos para el país.

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