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OPINIÓN

¡Fue fraude, carajo!

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Los mortífagos, esos que ansían, anuncian y preparan el retorno del señor tenebroso, han vuelto a la carga con el asunto concluido, oleado y sacramentado del fraude electoral.

“No hubo fraude”, señalan y su principal argumento es “un estudio científico” que habría encontrado falencias en el informe de la OEA al respecto. A partir de ahí, fue fácil articular el discurso en torno a la machacona teoría del golpe de Estado: “El imperialismo armó todo con el fin de sacar al hermano Evo del poder y la OEA fue su instrumento”.

Y aquí encaja a la perfección aquello de que “el ladrón cree que todos son de su condición”. Borregos como son, los mortífagos creen que los demás somos como ellos; es decir, que aceptamos que otros piensen por nosotros y nosotros nos limitamos a repetir ese pensamiento ajeno. No. Están equivocados. Nosotros sabemos pensar por nosotros mismos.

Por eso, lo primero que tienen que entender las ovejas que balan diariamente el discurso del golpe de Estado es que el informe de la OEA no fue determinante para que el pueblo boliviano se convenza de que sí hubo fraude electoral.

Antes que la OEA abra el hocico, los periodistas habían advertido del fraude porque este era exageradamente evidente. En Potosí, por ejemplo, no tuvimos más que entrar al sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares y a la base de datos del Órgano Electoral Plurinacional para descargarlos y luego cotejarlos con los que arrojaban las actas electorales. No solo encontramos que los resultados diferían notablemente con las actas —algo que se podría atribuir a la actualización de datos— sino la repetición de letras y firmas en decenas de ellas. Para ponerlo claro: pudimos evidenciar que las mismas personas llenaron varias actas de recintos electorales alejados entre sí y en todas estas ganaba el MAS, muchas veces con sumas totales que no correspondían a la cantidad de votos emitidos.

El fraude electoral fue denunciado en Bolivia mucho antes de que llegara la OEA. Cuando la misión de ese organismo llegó, ya habían ardido los tribunales electorales y multitudes estabas en las calles, ya no pidiendo nuevas elecciones ni segunda vuelta, sino la renuncia de Evo Morales.

Los bolivianos comprobamos que hubo fraude, y actuamos en consecuencia. Decir que la OEA vino a imponernos la idea es insultar nuestra inteligencia.

Así que no importa cuántos tuits grazne el señor tenebroso, ni cuánto le amplifiquen sus mortífagos. Hubo fraude y los bolivianos lo sabemos. Y no fue un fraude cualquiera. Por sus dimensiones, efectos y los números que aparecen en todos los papeles, el del 20 de octubre fue el mayor fraude electoral en la historia de Bolivia. 

 

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

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