El problema es que cuando se tiene mucho que decir por la importancia del personaje y, peor, cuando para tu vida directamente ha sido, más que trascendental, fundacional, se te atragantan las palabras y lo más posible es que el homenaje peligre y sea una deshonra para ambos, riesgo que aumenta porque a estas alturas, a pocos días de la muerte del fantabuloso y magnético Indio Solari, hay enciclopedias de homenajes maravillosos de gente mucho más docta y hartamente autorizada. La ventaja, razón ladina para este, es que lo hace el primer y quizás único boliviano ultra fundamentalista de ese rocker argentino, de filiación platense creador de Los Redonditos de Ricota y Los fundamentalistas del aire acondicionado, sus dos bandas. El impacto en su público es francamente inenarrable. Para quienes en este momento escuchan de él por primera vez tendrán que buscar en Youtube “el pogo más grande del mundo” (su recital en Olavarría en 2017) para poder entenderlo de manera algo aproximada y no como una exageración, o por último buscar algo más reciente, digamos que su velatorio , al que en Argentina afirman que es el más multitudinario de su historia. Y no hizo música pop, sino rock, por favor véase ese detalle de esta exposición: el valor de ese fenómeno social entonces es cuádruple, porque se trata del género con menos adherentes.
Por eso, a quienes definitivamente no gusten de su música, podrán rescatar su lírica y salvarse y cobijarse en muchos de sus versos, que saben atravesar cuerpo y espíritu diagonal o elípticamente destrozando vísceras y neuronas, que es como que destapan pasadizos secretos en tu mente y se vuelven (los versos) ventanas extra luminosas que revelan respuestas de lo que pasa en el mundo tanto como en nuestras vidas, uf, ya algo que puede parecer otra hipérbole, pero que cada uno puede corroborar usando el buscador de Google. Que en una canción haya escuchado que “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir” dio respuesta en pocas palabras a eso que tanto intentan explicar largos tratados de psicología, y así tiene por supuesto miles más (permiso para la exageración): un estilo de poesía elaborado y profundo, con la virtud inexplicable de ser disfrutada sin exigir erudición alguna, aunque sí probablemente mínima sensibilidad humana (muchas de sus letras también son demasiado crípticas, seguramente adrede).
Sus conciertos fueron (son) una especie de actos litúrgicos de gente que parecía realmente poseída (voraz, feroz, feliz), mientras que su fuerte adhesión política, de izquierda, es usada distorsionadamente por este sector, que encima se apropia ilegítima y prepotentemente de su obra, dando también lugar a la mezquindad de los ultra derechistas que lo refrendan construyendo una imagen negativa (y falsa) de él, posturas que deberían desterrarse, porque la estupidez es lo que menos promovió.
El que fue oráculo y profeta, ya mito en vida, el que creó casi marginalmente un género dentro del rock reuniendo gente de manera casi clandestina, hoy nos dejó llorando a moco tendido de manera pública. Por suerte quedarán sus canciones, latiendo, que ojalá sean disfrutadas por otras generaciones: y contribuir a ese objetivo es lo básico que se puede hacer como feligrés tuyo, Indio, porque te hablo con el valor testimonial de haber estado en siete frenéticos, famélicos, fantásticos recitales tuyos.
Por eso, si la gloria es eterna, debería serte dada sin demasiado preámbulo ni alharaca, querido rey, patricio del rock castellano con acento argentino. En una canción de tu último disco, con el Parkinson ya avanzado, escribiste “Yo ya no podré cumplir hazañas que prometí, solo seguir cantando”, y, claro, te nos estabas despidiendo: descansá en paz, porque tu herencia nos deja ricos de sentimientos en tiempos de música express, siendo, por lo tanto, otra hazaña alcanzada.
(El título se extrae de la canción Esa estrella era mi lujo).
(*) Freddy Pando Villalta es publicista