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Los resultados de las elecciones del domingo 7 dejan actores políticos ganadores y perdederos que serán materia de análisis político durante varios días, pero mientras se esperan los resultados oficiales ya es posible identificar algunas tendencias que quedaron claramente marcadas.

La primera de ellas es la constatación de que esta elección ha marcado el final de una larga hegemonía de poder en los dos departamentos más importantes del país por el criterio de población e incidencia económica y sus ciudades capitales: Santa Cruz y La Paz.

En La Paz se acabaron los gobiernos municipales sucesivos entre Juan del Granado y Luis Revilla, dirigentes de un mismo partido, primero con el Movimiento sin Miedo y luego con la agrupación Sol.Bo, después de 21 años ininterrumpidos de gestión al frente de la Alcaldía de la ciudad sede de Gobierno.

En el caso de Santa Cruz de la Sierra, independientemente de si resulta elegido Jhonny Fernández o Gary Áñez, también se ha marcado el final del ciclo de gobiernos municipales de Percy Fernández, quien permaneció de manera continua por 16 años en la Alcaldía cruceña, sin contar otros seis años anteriores.

También la Gobernación de Santa Cruz da un giro con la elección de Luis Fernando Camacho, después de algo más de 15 años ininterrumpidos de gestión de Rubén Costas y su agrupación Demócratas.

En los tres casos citados, de manera coincidente las agrupaciones que dejarán el poder no solo perdieron la elección, sino que pasaron a convertirse en partidos prácticamente residuales si se considera los bajos porcentajes de votación que consiguieron: 2,7 por ciento en el caso de Sol.Bo; 6,1 por ciento de Santa Cruz para Todos, la agrupación de Percy Fernández que tuvo como candidata a Angélica Sosa; y 5,9 por ciento en el caso de Demócratas, según resultados de conteo rápido no oficiales.

Otro elemento no menos importante es la ratificación del gobernante Movimiento Al Socialismo (MAS) como una fuerza política eminentemente rural, cada vez más divorciada de las grandes ciudades: el MAS no ha ganado ninguna de las 10 ciudades capitales del país.

Ni siquiera en ciudades del occidente del país donde parecía tener un enraizado arrastre popular, como El Alto, Oruro o Potosí, el MAS ha logrado obtener una victoria. Se tiene, por el contrario, el caso de la candidata Eva Copa, hasta hace poco alta dirigente del MAS que ocupó la presidencia del Senado durante un año, que le propinó una feroz paliza a su expartido en la elección para la Alcaldía de El Alto con un 68,7 por ciento frente al 19% del candidato masista.

Por todo eso es desconcertante la actitud triunfalista que al menos de boca para afuera quería demostrar el jefe del MAS, Evo Morales, la noche del domingo cuando afirmaba en una rueda de prensa que prácticamente habían ganado en todo el país, tomando como referencia las aún inciertas elecciones de gobernadores, que en varios casos irán a segunda vuelta.

Mientras el discurso de Morales era el de un hombre obsesionado con la captura del poder que hacía sumas y restas de resultados torciendo los números para que parezcan favorables a su partido, las palabras del hombre que estaba a su lado, Humberto Sánchez, ganador y virtual nuevo gobernador de Cochabamba, eran las de un funcionario público de gestión que hablaba de armar un equipo de transición, impulsar pronto la economía de la región y prometía trabajar con todas las autoridades electas ‘sin importar el color político’.

Siendo del mismo partido, el virtual nuevo gobernador de Cochabamba parecía un joven tecnócrata eficientista, de mente abierta y tolerante, sentado al lado de un viejo caudillo que se quedó en las oscuras aguas de la vieja política del siglo pasado.

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