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Casi como un déjà vu que nos lleva a mayo de 2020, un año después algunas imágenes vuelven a repetirse: familiares apostados en edificios al otro lado de la calle, el hijo que desde la acera levanta los brazos para hacerse ver, la nieta que dibuja con los índices y pulgares un corazón, como aprendió a hacerlo en las redes sociales, y se lo manda por los aires a la mamá internada, al abuelo aislado que conmovidos los observan desde el otro lado de aquel cristal del segundo o tercer piso de hospital. El virus nunca se fue, pero hoy ha vuelto transformado, mutado y con más furia que nunca, dispuesto a no perdonar, a llevarse a cuanto ser humano vulnerable encuentre a su paso.

La ciencia médica le puso un nombre: tercera ola. El ciudadano no repara en la secuencia ni el adjetivo, para él es el mismo enemigo que llegó en marzo del año pasado, ese que lo obligó a encerrarse tras las paredes de su casa, que le enseñó por la fuerza a apreciar el gran valor de la libertad que tuvo en sus manos toda su vida y que quizá no supo apreciar como ahora se lo hace desde el encierro sin culpa ni carcelero.

Y cuando la pandemia toca las puertas, las familias se dividen y quedan quebradas, en ocasiones para siempre. En su intento desesperado por evitarlo, los familiares que se salvan se agarran con uñas y dientes a la esperanza de ver retornar del hospital al ser querido. Mientras dura la espera, hay quienes se quedan prácticamente a vivir en la calle, a la menor distancia posible que se les permite, desde donde tengan ángulo de visión hacia aquella sala numerada donde se han llevado al enfermo.

En Cochabamba, algunos familiares parquearon sus pequeños vehículos frente al Hospital del Norte, y allí se quedan incluso a dormir porque no quieren dejar solos a sus internados. Desde ese lugar miran todo el día hacia los amplios ventanales de cristal, esperando que el hombre o mujer que extrañan se acerque en cuanto pueda, para que se entere que los suyos lo acompañan sin falta, que no lo quieren dejar solo, porque las visitas están prohibidas pero el amor busca cualquier rendija para colarse y llegar al corazón del indefenso.

Han llenado la maletera del auto con frazadas para pasar las frías noches de este mes del año en la ciudad del valle. Las imágenes han ocupado las redes sociales, y en los comentarios se leen expresiones de dolor, solidaridad y aliento; abundan las oraciones y rogativas a Dios para que se acabe esta pesadilla. Otros recuerdan que ellos hicieron lo mismo cuando tuvieron familiares enfermos, y demuestran en sus palabras que contra lo único que no pudo el virus es contra el amor en las familias.

Alguien cuenta que cuando tuvo a su padre enfermo, le pedía a los doctores y guardias del hospital que le permitieran dormir en las sillas de espera del patio trasero y que allí pasaba las noches, sin importarle las bajas temperaturas de la madrugada. Ni siquiera podía verlo, pero al menos se sabía cerca de él, aunque separado por varias paredes. Pero igual perdió a su padre, y no pudo despedirse de él.

Unos pocos tienen una ventana a la calle para observar a sus familiares; la gran mayoría, no. En ambos casos sufren la soledad y el aislamiento, ese dolor paralelo que también trajo el virus que está matando a la humanidad. Que no se acabe ese conmovedor aliento a quienes están luchando por sus vidas, que llegue pronto el día en que tengan que cruzar la calle para recibir recuperados a sus familiares, y vuelvan los abrazos que hoy se extrañan.


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