Luisa Fernanda Siles
Conocí a Gilka en la propiedad de los queridísimos Jacobo y Bertita Libermann, sus padres, situada en Yanacachi, en los Yungas paceños. Ambas teníamos 11 años. Ella, una adolescente de cabellos ondulantes, contextura menuda y ojos achinados, parecía tener la cabeza en alguno de los cientos de cuadros que imaginaba y que algún día pintaría.
Recuerdo que la cabaña, construida para reunir a amigos y familiares, estaba rodeada por un bosque de montaña nuboso, lluvioso y tropical . La flora y la fauna sud-yungueñas hacían su parte, desplegando generosas su floresta de quehuiñas, palmeras, caobas, cedros, helechos y orquídeas. Por los senderos se entreveían los bananos, las yucas, las amancayas, los cafetales y los cacaoteros. En ese escenario magnífico, lobitos de río, comadrejas coloradas, monos, zorros de monte, loros, águilas, lechuzas, picaflores vientre gris, copete de piedra y rayo de sol boliviano, entre otros, componían el rumor bendito de la naturaleza.
Imagino que semejante entorno debió causar un gran impacto en la condición de niña citadina que era, por entonces, Gilka Wara. Sin embargo, después supe que los avatares políticos del movimentista revolucionario aguerrido, que era Jacobo, le mantuvieron a él y a su familia en el exilio por varios años, primero en Rosario del Tala, una estancia a dos horas del río Paraná, en Argentina, y luego en Santos, Brasil. Parece que tanto verdor caló hondo en el espíritu de la benjamina de sus hijos. Es así que una biodiversidad palpitante, rebosante, apoteósica e infinita se desprende de sus lienzos, donde selvas despeinadas y salpicadas de cientos de tonalidades esmeralda, ríos rugientes y cascadas de cuyas alturas caen cortinajes de agua cristalina emergen para dar vida a todo tipo de insectos, aves y animales, transmitiendo una energía revitalizadora. Dichas imágenes no son otra cosa que una mirada a la naturaleza desde el catalejo personal de la artista: un lente ingenuo y auténtico con el cual sostiene un homenaje perpetuo al edén que un día fue nuestro hábitat.
Libermann estudió arte en la Universidad de San Carlos, en México. Su estilo, rico en pinceladas sueltas y contrastadas, de colorido vibrante y espontáneo, está compuesto por trazos que construyen un entramado denso, huyen del vacío. En su libertad evocan la infancia: el estado de pureza, sencillez y primitivismo por antonomasia. Sus formas, lejos de ser perturbadoras, resultan conmovedoras por su empecinamiento inquebrantable en la defensa del medioambiente.
Digamos también que nada hay más tropical que los cuadros de Gilka Wara Libermann. En ellos, las selvas indómitas en primer plano se convierten en un lenguaje universal: un retrato del ecosistema de nuestro planeta azul, un hechizo de clorofila. Su obra nos sumerge en ese “verde, que te quiero verde” que resume la tibieza uterina primigenia, el bienestar. Nos regala la utopía del paraíso, donde resuena por doquier el “canto del hombre de la selva”, “los jaguares manchados de luceros”, “los caimanes de metal”, “las palomas de seda” y las tortugas de pañolenci apurándose hacia el horizonte.
El mantra de Gilka Libermann es la selva amazónica. Ella nos recuerda constantemente que es el bosque más extenso del planeta, pulmón y medidor atmosférico global y del cambio climático. Una de las siete maravillas naturales. Un reino de vegetación tupida y exuberante donde aún existen innumerables especies de plantas sin clasificar, árboles de todo tipo—de los cuales el 50 % son especies exóticas—, plantas medicinales que abastecen laboratorios farmacéuticos del orbe, miles de especies de aves y anfibios y millones de insectos, todos conviviendo en perfecto equilibrio.
La creadora plástica se aferra al mundo más vulnerable, que muere segundo a segundo a manos de despiadados intereses pecuniarios. Ha pasado medio siglo desde que la niña pintó sus primeros cuadros, y su cruzada, hoy más que nunca, cobra valor. El llamado que lanza con su obra se torna un grito que pronto podría convertirse en una elegía si el tráfico criminal de tierras, la ampliación de las fronteras agrícolas, las quemas provocadas y la deforestación continúan generando sequías y ocasionando el colapso del ecosistema amazónico, con el consecuente riesgo de la desaparición de la humanidad.
El viernes 4 de abril se llevó a cabo la exposición pictórica de Gilka Wara Libermann, Naturaleza 360, en el Espacio Patiño, en la ciudad de Santa Cruz. Sabemos que el arte es la expresión de la creatividad humana a través de obras que se pueden apreciar con los sentidos. De tal manera una obra de arte expresa ideas, emociones y percepciones: enamora, inquieta o cuestiona. Cuando nos encontramos delante de un lienzo u objeto de arte de Gilka, nos centramos en el verdor supremo que debemos preservar y deseamos habitarlo, hundirnos en él entre alegría, esperanza y añoranza