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Golpe de Estado

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Y ahora resulta que es posible interpretar el sentido, la esencia y naturaleza del golpe de Estado conforme al gusto y visión de cada persona… o del interés de una agrupación política.

Lo comprobé la semana pasada, cuando publiqué sobre la toma violenta del poder por parte de Luis García Meza y dije que, por sus características, ese sí fue un golpe de Estado. Entonces me llovieron las réplicas y, entre estas, opiniones como que en este siglo los golpes de Estado se gestan y desarrollan de otra manera. Uno me dijo, incluso, que los golpes de Estado son como la covid-19, porque mutan.

Pero no.

Es cierto que las sociedades cambian y se transforman, que el paso del tiempo y las coyunturas determinan que ciertas cosas se vean de una forma en un tiempo y de otra, muy distinta, en otra era, como la teoría heliocéntrica, pero hay cosas que no cambian, especialmente en política.

Por ejemplo, no cambió el asesinato, que sigue siendo quitar la vida de una persona, o el magnicidio, que es lo mismo pero cuando se ejecuta en una persona muy importante por su cargo o poder. El asesinato de Julio César fue magnicidio en el año 44 antes de Cristo y lo sigue siendo ahora. Lo mismo pasa con el golpe de Estado.

Para que una toma violenta del poder sea un golpe de Estado es preciso que tenga características básicas que fueron identificadas por los tratadistas. Así, en su Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales, Manuel Ossorio señala que un golpe de Estado es “suspender el funcionamiento normal de la Constitución, empezando por la disolución del Poder Legislativo, de los partidos políticos y de no pocas libertades públicas y privadas”.

Bajo esa maqueta, para ser tal, un golpe de Estado requiere que se suspenda la vigencia de la Constitución junto a las libertades públicas y privadas, que se disuelva el Parlamento y se prohíba el funcionamiento de los partidos políticos. El golpe de García Meza y otros, como el de Banzer, hicieron todo eso, y por eso son considerados golpes de Estado. En cambio, el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada, en octubre de 2003, y la renuncia de Juan Evo Morales Ayma, en noviembre de 2019, no fueron golpes de Estado porque la Constitución siguió vigente, se mantuvieron las libertades públicas y privadas y el Parlamento siguió funcionando, al igual que los partidos políticos.

Al igual que los asesinatos o magnicidios, los golpes de Estado no cambian con los tiempos. Mutan los procedimientos, mutan las formas, los estilos, los argumentos, los pretextos, mutan las personas y su forma de hacer política pero el golpe de Estado seguirá siendo el golpe de Estado.

Juan José Toro Montoya es Periodista

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