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15 de agosto de 2017, 4:00 AM
15 de agosto de 2017, 4:00 AM

Una emergencia colectiva pone a prueba las fuerzas de la sociedad. Existen instrumentos de alerta temprana que ayudan a disminuir el impacto de lo que podría ocurrir, y las acciones de prevención desarrollan las capacidades colectivas para mitigar los resultados, cuando se presentan. Sequías, incendios, inundaciones, en nuestros territorios, y otros mayores como terremotos, maremotos, tsunamis o erupciones volcánicas ofrecen el cuadro sobre el cual la cohesión social es el instrumento imprescindible.  

La cohesión social permite, en otros casos obliga, que los actores se pongan de acuerdo para realizar acciones conjuntas, más allá de las diferencias; el objetivo superior justifica una alianza sin la cual no podrían lograrse los resultados necesarios. Estas claves, en otro escenario, son exactamente las mismas que rigen para el desarrollo del turismo sostenible, por ejemplo, de ahí la importancia de su comprensión y manejo.

Frente a la sorpresa del evento, cuyas consecuencias no se podían prever, autoridades y la comunidad de-  sarrollaron el mejor de los protocolos para actuar oportunamente. En esos momentos, las conductas negativas y cuestionadoras son superadas por la urgencia de la acción coordinada que no puede darse el lujo de perder tiempo y, superado el asombro inicial y evaluado el impacto, actúa. 

Quedarán en la memoria las fotografías de anónimas cadenas humanas trasladando agua y vituallas por kilómetros, hasta donde no llegaban los motorizados. Esas cadenas de solidaridad son la constatación de una acción organizada y coordinada.

Quienes estudiamos procesos sociales hemos tenido en Tarija un estudio de caso invalorable; se trataba de una situación que exigía hacer funcionar la categoría ‘división social del trabajo’ y en la que no era posible improvisar. El pueblo tarijeño se respondió a sí mismo y nos dio una lección de cómo es posible elevar el nivel de consciencia colectiva.

Conocemos la confrontación por las que atraviesa la dirigencia política de Tarija. Este es el momento que demuestre que está a la altura de su pueblo, que ha sido capaz de hacer lo que correspondía, sin preguntar credos ni ‘banderíos’, legítimos pero superfluos frente a la realidad.

Gabriel Baracatt ha sugerido por las redes sociales que el 11 de agosto sea declarado Día de la Solidaridad en Tarija “para que las futuras generaciones sepan que este pueblo tiene una fibra de solidaridad y compasión que emocionan hasta las lágrimas”. Aumentaría la palabra ‘reconciliación’, sin cuyo contenido, pasada la emergencia, los discordes volverían a sus trincheras.

Hemos sido testigos de un resultado que no se puede improvisar. Tarija nos ha mostrado el camino.  

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