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8 de abril de 2022, 4:00 AM
8 de abril de 2022, 4:00 AM

Por Gérard Teulière, catedrático de la Universidad de Toulouse II (Francia) y ex diplomático cultural. Fue consejero cultural de Francia en Bolivia en los 90

“Nosotras, las civilizaciones, sabemos que somos mortales” constató en 1919 el poeta francés Paul Valéry, al referirse a la Primera Guerra Mundial. Recalcaba cómo, en el pasado, imperios enteros habían desaparecido con sus hombres, leyes, gramáticas, ciencias y artes. A pesar de saber que la tierra está hecha de cenizas, los hombres de su tiempo consideraban, a través de la espesura de la historia, que esas naves fantasmas de las viejas civilizaciones, cargadas de riquezas y de espíritu, no eran su asunto. Niniva o Babilonia eran nombres confusos y borrosos, y la ruina total de esos mundos tenía poca significación para ellos. Pero ¿qué de Francia, Inglaterra o Rusia? También Lusitania era un nombre bonito, decía Valéry, refiriéndose al buque de pasajeros hundido por los alemanes en 1915, causando mil doscientos muertos civiles. Y añadía: “Vemos ahora que en el abismo de la historia podemos caber todos, y sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida”.

Cien años después, en 2019, el escritor francófono Amín Maalouf (Líbano) en su libro El Naufragio de las civilizaciones, veía con tristeza, refiriéndose al Oriente Medio, que las luces levantinas de la razón parecían haberse apagado, cuando el paso de la barbarie a la civilización había consistido justamente en “asumir el conjunto de las identidades de uno y un poco las de los otros”. A la inversa, la

“desmonetización” de los ideales humanistas, que afecta a todos los sistemas y doctrinas después de la zozobra de la utopía comunista y el triunfo del capitalismo, atrae a la humanidad hacia un engranaje susceptible de anonadar nuestras civilizaciones.

¿Con qué otras palabras que un naufragio de la civilización podríamos calificar lo que pasa desde febrero en Ucrania? Resulta ocioso preguntarse, como teorías opuestas, si la extensión programada de la OTAN y ciertas torpezas de la UE han creado alarma y resentimiento en Rusia, o si la desmedida ambición de potencia del presidente ruso, acrecentada con una nostalgia de imperio y un temor obsidional, son responsables de los hechos. Las dos explicaciones se completan probablemente en vez de excluirse, y el tiempo lo determinará ya que los antecedentes de esta situación son de una gran complejidad. Pero el hecho es que la realidad vivida hoy es la del martirio de un pueblo, y que los nombres de Mariúpol y Bucha pueden añadirse a la larga lista de ejemplos de la barbarie humana, del hundimiento del Lusitania al bombardeo de Guernica, pasando por los desastres del colonialismo y otros horrores contemporáneos.

Paul Valéry murió en 1945, pocos meses después de percatarse amargamente de cuán proféticas habían sido sus palabras anteriores, cuando el Ejército Rojo y los Aliados liberaron a los supervivientes de los campos de exterminación nazis, revelando al mundo que uno los pueblos más civilizados de Europa habían caído en la peor de las barbaries. En 2022, vemos horrorizados a otra nación admirable, que tanto aportó al edificio de la grandeza humana (Dostoievski, Tolstoi, Chaikovski, Prokofiev, Tatline, Chagall, ¡y cuántos otros!) y tan gran tributo pagó a la libertad del mundo, erigirse como nuevo verdugo. La pregunta que plantea la guerra en Ucrania, más allá de su doloroso caso, es el eterno y nunca resuelto dilema:¿cómo puede la civilización, a falta de poder realizar esa paz universal propugnada por Kant, protegerse de la barbarie?

Proteger a la civilización

En 1914, en la revista Neue Rundschau, Thomas Mann, futuro premio Nobel de Literatura, oponía cultura y civilización como dos conceptos antinómicos, alegando que el aspecto potencialmente cruel de la cultura (autodafés, inquisición, sacrificios humanos...) discrepa de la suavidad de costumbres y relaciones humanas que caracteriza a la civilización.

Sostener que el mundo occidental (hoy en día capitalista) represente el único modelo de la civilización sería una afirmación absurda, ciega y etnocéntrica. Todos los continentes han abrigado o siguen abrigando grandes civilizaciones, desde los Andes hasta Egipto. Por lo demás, los esquemas definitorios se rompen fácilmente: Rusia y China, cunas de viejas civilizaciones, tienen gobiernos autocráticos y recurren hoy a economías de tipo capitalista. Si bien Adam Smith (y más tarde Fukuyama con su Final de la Historia) intuía al libre mercado como un instrumento de paz entre las naciones, otros, como el líder socialista Jean Jaurès, asesinado poco antes de la Primera Guerra Mundial, decían en cambio que el capitalismo transportaba la guerra “como la nube contiene la lluvia”. Dicho sea de paso, la crisis ucraniana beneficia ampliamente a la economía norteamericana, que se prepara para vender a Europa gas de esquisto en reemplazo potencial del gas ruso, y a concluir un contrato militar para facilitar a Alemania aviones F-35.  Por otra parte, desde un ángulo sociológico, el filósofo Jean-François Mattei en La barbarie interior y El hombre devastado explicaba hace unos años cómo la cultura del entertainment y la desconstrucción de una ética del sujeto han conducido a una nueva forma de barbarie contemporánea.

El realismo nos obliga sin embargo a reconocer que en el nuevo orden mundial se perfilan claramente dos tipos de sistemas desde el punto de vista de la libertad política y que, pese a sus numerosos defectos, las democracias liberales tienen la cualidad de justamente ser democracias, es decir espacios en que lo arbitrario y la violencia son más fácilmente controlables por la ciudadanía que en dictaduras, países totalitarios o teocracias. Si nuestras democracias no son estrictamente equiparables a la noción de civilización, queda obvio, en cambio, que no hay civilización (en sentido en que la concebían Thomas Mann o Norbert Elias, es decir la apacibilidad de las costumbres) sin verdadera democracia. Se conoce la respuesta de Stalin a las críticas del Vaticano: “El papa: ¿cuántas divisiones posee?”. Aunque el presidente ruso no es Stalin, esta frase cínica confirma la situación actual y demuestra que poco se puede contra una potencia nuclear.

¿Cómo proteger entonces a la democracia, a la paz y, por ende, a la civilización? Entre los sistemas contradictorios que se han imaginado a lo largo de la historia para alcanzar una paz duradera (el hegemon, el confederalismo, el tiranicidio, la injerencia, etc.) el más eficiente en términos geoestratégicos parece ser al final de cuentas el del derecho internacional adosado al equilibrio de las fuerzas y al diálogo.

Las armas de la paz

El nacimiento de una verdadera cultura mundial de la paz implica como primer paso, dentro de nuestras democracias, el fin de la guerra de todos contra todos que supone el neoliberalismo, es decir una reorientación del capitalismo actual hacia relaciones más igualitarias entre hombres, clases sociales y naciones que el beneficio a corto plazo. Implica asimismo el refuerzo del multilateralismo en temas como el control de la demografía planetaria, la solidaridad Norte-Sur, el reparto equitativo de los recursos, la consecución de los objetivos del desarrollo sostenible (ODS), la desescalada nuclear y la ayuda a los refugiados. En dos palabras, para que prevalezcan el humanismo y la democracia, urge reinventar un New Deal y emprender nuevas vías, quizás hollando las pistas que sugirieran los escritores caribeños Edouard Glissant (Martinica) y René Depestre (Haití) para transitar de una mundialización devastadora a una Poética de la Relación y a un Todo-Mundo (Tout-Monde) que armonice unidad y diversidad, o a una Real- Utopía diferente de todo lo que supuso anteriormente “la inhumanidad del hombre hacia el hombre”.

Pero sabemos que no bastan las palabras y las buenas intenciones para evitar ese mal absoluto que es la guerra. Ya reconocía Cervantes, al escribir el Discurso sobre las armas y las letras (Quijote, I - 28) que las armas son superiores a las artes en la medida en que las protegen. Por lo tanto, la defensa de la civilización no puede quedarse al nivel de las fórmulas invocatorias: la cultura de la paz abarca paradójicamente el deber de dominar la violencia legítima (por cierto, contenida), de mantener el equilibrio de las fuerzas y de favorecer el empoderamiento de un derecho internacional amparado por la disuasión. No se trata aquí de oponer a bloques culturales o geográficos en una perspectiva de guerra de civilizaciones (según el esquema de Huntington) sino de afirmar que las democracias y el multilateralismo deben detentar el nivel de potencia suficiente -y estrictamente suficiente- para disuadir cualquier agresión. A partir de ahí, es a través de acuerdos equilibrados que se podrá, por el bien de nuestras generaciones y de las venideras, reducir la carrera armamentista a la que asistimos hoy. El fuerte no abandona la fuerza a favor del débil, “sino por milagro”, como lúcidamente lo apuntó Hannah Arendt.  Esperando dicho milagro y contando con míticos “dividendos de la paz”, los ejércitos europeos han reducido drásticamente su formato durante los últimos decenios, sin considerar que el desarme solo tiene sentido si se inscribe dentro de un proceso histórico global de limitación de la violencia. Como lo recordó el presidente Macron en 2020, evocando la política francesa de disuasión nuclear, que ya contribuye a ello: “No tenemos otra alternativa que confrontarnos con la realidad del mundo y aceptar con sinceridad y honestidad los problemas que nos plantea”. La extinción de la violencia bélica debe ser el objetivo final de la humanidad, pero resulta azaroso pensar que el desarme pueda realizarse unilateralmente.

La irrupción brutal de una contienda de alta intensidad en Europa, inédita desde 1945, demuestra que todo es posible. Debe brindarnos la oportunidad de repensar, imaginar y construir una cultura mundial de la paz -base de la civilización humana- sin exonerarnos de poseer las condiciones de su amparo. Estos dos aspectos no son contradictorios sino para quienes consideren que una utopía debiera carecer de praxis o que las estirpes condenadas a cien años de soledad [no] tengan derecho a una segunda oportunidad en la tierra, como magníficamente dijo una vez García Márquez.

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