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Como en un alud inesperado, una serie de acontecimientos inusuales colmaron la atención ciudadana. Un funcionario estatal adscrito a las FFAA pierde la medalla presidencial mientras “hace pieza” en un lenocinio. Un diputado se desnuda en un lapsus de ebriedad en un aeropuerto nacional, los festejos patrios terminan en un apresurado repliegue de las autoridades porque la multitud les recuerda que el pueblo dijo No. Se traslada físicamente el poder a un rascacielos vaciado de simbolismos y contenidos patrios frente al rechazo ciudadano, y finalmente renuncia en un confuso interludio el tercer hombre del poder, el presidente de la Cámara de Senadores. La sucesión de eventos que acabo de citar nos dejaron la clara sensación de que algo está pasando. El poder ya no controla el poder.

Hace apenas unos años estos hechos habrían parecido simples anécdotas propias de la borrachera de poder que acompaña el gobierno de Evo Morales, hoy adquieren una significación especial, pues dejan ver que los tensores políticos al interior del gobierno tienden a degradarse. El régimen ha entrado en una fase de entropía, y la entropía es técnicamente la “medida del desorden”. Un proceso entrópico termina en su propia aniquilación. El Gobierno parece haber ingresado a la etapa en que haga lo que haga siempre le resultará muy mal.

Con la misma versatilidad con que puede pasar algo de naturaleza erótica (un oficial “haciendo pieza” mientras le roban el mayor símbolo de la bolivianidad) a otra de naturaleza histórica (un palacio abandonado por la tenacidad egocéntrica del caudillo) el régimen pasa de un estado de estabilidad a uno ciertamente caótico. El oficialismo sufre en carne propia no solo el desgaste de 13 años de ejercicio ininterrumpido de poder, sino, la degradación moral de sus acólitos. Los límites entre lo bueno y lo malo se hacen cada vez menos precisos, y esa es, por excelencia, la condición entrópica de la descomposición. Ya no es que los funcionarios van de error en error, es que el escenario de sus errores (el poder) ya no es impune. Hemos aprendido a cobrar facturas desde el llano. En contrapartida, los ciudadanos perdieron el miedo, y esta recuperación ciudadana se ha convertido –a propósito del “Bolivia dijo No”- en la peor pesadilla del poder despótico de Evo Morales.

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