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En el mundo existen 800.000 millones de personas que padecen hambre, y el número no disminuye. El dato no puede pasar desapercibido ni es posible asumirlo como un simple titular de prensa. 

La preocupación ha merecido 2 días de debate en la III Cumbre Mundial Hambre Cero desarrollada en Cuenca, Ecuador, el 27 y 28 de abril. La cumbre reunió a 2.500 personas de 35 países de tres continentes, que trabajamos sobre alguna de sus manifestaciones. La presencia de ocho expresidentes que asumieron liderazgo en la ejecución de respuestas, sirvió de marco de referencia a los paneles y mesas de trabajo.

Las experiencias existentes en el mundo de cómo vencer el hambre, permiten afirmar que estamos frente a un problema no relacionado con la capacidad de producción de alimentos ni con las posibilidades reales que tiene la humanidad para hacerlo, sino con una incapacidad de gestión de los gobiernos, de oportunidades que no son aprovechadas, y de decisiones de políticas públicas que no respondan a necesidades concretas, como señala Cesar Gaviria, ex secretario general de la OEA.

Se repasaron un conjunto de categorías sobre las que existe consenso teórico pero que está acompañado de acciones consecuentes.

Las más repetidas fueron la necesidad de invertir en el desarrollo de conocimiento y educación, empoderar y dar oportunidad a la mujer para que administre en lo grande lo que hace en lo cotidiano; realizar inversión pública y alentar la privada para fortalecer las capacidades agrícolas desde las comunidades hasta las empresas productoras de alimento. La necesidad de fortalecer la participación ciudadana, el reconciliarnos con el ambiente y las consecuencias del cambio climático, que ya tienen carácter irreversible en algunos lugares del planeta.

La necesidad de reforzar los marcos institucionales que apoyan la producción de alimentos, y que se expresa en gobernabilidad, democracia y descentralización, la necesaria coordinación entre los niveles territoriales, los organismos del estado entre sí y con los organismos internacionales, el respeto a los modos culturales de las comunidades, y paradójicamente, de manera simultánea la utilización de la biotecnología, remataron en temas tan simples como la de aprender a comer de manera equilibrada.

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) en el que el objetivo 2 es precisamente el del hambre cero, fueron recordados permanentemente como parte de un compromiso ineludible y de una articulación imprescindible. No hay posibilidad de resolver este problema que lacera, si no existe un compromiso concertado de la humanidad. Se repitió el riesgo que tienen las sociedades satisfechas que alientan el consumismo, y en las que se ha convertido en una enfermedad la obesidad y sus secuelas, y el aumento de alimentos convertidos en basura.

Los aportes generados en los territorios fueron relievados de manera especial en varias mesas bajo el título de Experiencias exitosas; se compartieron conocimientos que alcanzan carácter práctico y pueden ser compartibles. Bolivia aportó a la cumbre los hallazgos que estamos encontrando en el abandono del campo, la migración y las ciudades intermedias, del Cepad, los resultados logrados por el Gobierno Municipal de San José de Chiquitos en desarrollo integral, y el avance productivo de las Gobernaciones de Santa Cruz y Potosí en sus respectivos departamentos.

La cumbre concluyó con 21 propuestas que serán presentadas al Sistema de Naciones Unidas. El objetivo es que sean incorporadas como parte de la agenda mundial de seguridad y soberanía alimentarias y que se implementen a través de políticas, acciones, programas y proyectos concretos en beneficio del desarrollo territorial. Entre los planteamientos está crear una plataforma internacional de cooperación horizontal y descentralizada para que articule las iniciativas.

Parece que el tiempo ya no es aliado de los debates y discursos gubernamentales.

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