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Concluyó el congreso pedagógico que estaba llamado a definir cómo serán las clases escolares el próximo año. En las conclusiones, salió una generalidad: serán presenciales, semipresenciales o a distancia, según dicten las condiciones de la pandemia. Hasta ahí no hay novedad y es lamentable que, habiendo visto los defectos de la gestión educativa de este año, el asunto no haya sido mejor estudiado.

Si de algo sirvió la gestión escolar del año que se acaba fue para que salgan a la luz todas las carencias de la educación: comenzando por la falta de recursos y terminando en la falta de actualización de los docentes, sobre todo en materia de nuevas tecnologías. En suma, mostró que el modelo de aprendizaje está a años luz de lo que ocurre en países donde sí se pone empeño a la formación de los niños y jóvenes.

Durante la cuarentena, especialmente los primeros meses, los maestros pretendían dar clases como siempre a través de redes sociales como WhatsApp; al no poder hacerlo, daban tareas sin explicación. Finalmente aprendieron a utilizar algunas plataformas. Y fue ahí donde surgió uno de los mayores problemas: el internet es costoso y lento; los estudiantes y muchos maestros no tienen dispositivos con los cuales conectarse y, en muchos casos, debían compartir los que tenían con sus propios hijos.

En el congreso pedagógico se habló acerca de si las clases deben ser presenciales, semipresenciales o a distancia. ¿Qué se está haciendo para proveer de internet a las comunidades más alejadas o de que las familias más empobrecidas accedan a este servicio de forma gratuita? Porque, al paso que vamos, es altamente probable que febrero, marzo y quizás por más tiempo, en Bolivia se sigan viviendo las secuelas de la segunda ola de contagios de coronavirus.

Otro factor clave es la capacitación de los docentes. ¿Cuánto han avanzado en el conocimiento de los nuevos recursos tecnológicos que se necesitan? ¿Hicieron algo para adaptar la pedagogía no solo a las nuevas condiciones sino fundamentalmente a las nuevas necesidades de los estudiantes?

Cambiar el estado de las cosas significa darle real valor a la educación y eso se tiene que ver en los presupuestos aprobados. El Gobierno dice que se asignará el 10% para educación, igual que para la salud, pero de ese monto salen los salarios de los maestros, no se sabe si se ha contemplado la dotación de internet, de equipos, de capacitación y todo lo que significa formar a los niños y jóvenes. No vaya a ser que se pretenda delegar esa responsabilidad a las gobernaciones y alcaldías, desligándose el Estado central de la que debería ser su principal tarea.

No tomar conciencia de esto es ahondar la ya inmensa brecha que hay con relación a otros países. Para colmo de males, la educación boliviana no se mide y eso hace que no sepamos en realidad cómo estamos. Afortunadamente, hay experiencias (aún escasas) de docentes que se esfuerzan por hacer la diferencia en sus estudiantes. Hay que multiplicar esas conductas y hacer que la educación sea satisfactoria para los que la imparten como para quienes la reciben. Que se acaben las dirigencias docentes que no quieren salir de su zona de confort, creyéndose intocables por la inamovilidad funcionaria del magisterio.

¡Hay tanto que transformar! Los pasos hay que darlos cuanto antes y no dejarnos entretener con discursos y eventos que dicen cambiar todo, pero que en realidad no cambian nada.

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