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Hay que escuchar a las ciudades

Carlos Hugo Molina 10/3/2020 03:00

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La ciudad es el nuevo sujeto colectivo. En ella se desarrolla la vida de las personas, y quienes no viven aquí, están relacionadas por razones de cultura, trabajo, producción y consumo.

Mucho ha recorrido la Ciencia Administrativa para superar la pesadez del sector público en su relación con la gente. Categorías como ciudades inteligentes, e-goberment, gobierno en línea, trámites en red, aplicaciones amigables en los celulares, presupuesto en línea y a tiempo real, se demandan y se ofrecen ya no como una novedad y una gentileza sino como una necesidad. 

Estas posibilidades van acompañadas de los denominados actos reglados; es decir, de aquellas acciones en las que se le reduce a los burócratas la discrecionalidad para decidir, pues cumpliéndose las condiciones, debe lograrse una respuesta en la que no tendría que haber espacio para la arbitrariedad, el favoritismo, reduciéndose la lenidad y la corrupción.

¿Cómo lograr respeto por parte de actores públicos y privados cuando brindan un servicio en favor de la gente? No me estoy refiriendo a la asistencia al estadio, a un concierto privado, un evento específico de interés individual o colectivo, y que desde hace 2.000 años, los 60.000 espectadores del Coliseo Romano ingresaban o lo desalojaban en media hora; estamos hablando de las filas desde la madrugada para una atención de salud, un cupo para que los niños asistan a la escuela, la recepción de los beneficios de un bono, la tramitación de un documento personal, la autorización de obra, la construcción…

La consciencia urbana pasa por los modos de enfrentar los temas que son preocupación cotidiana, la basura, carente de separación; la ausencia de disciplina mínima en el transporte; el estado de los mercados y la existencia de sistemas de organización que priorizan el desorden y los grupos gremiales por encima del interés colectivo; carencia de procedimientos expeditos y amigables en favor del administrado, que debe realizar filas inmisericordes para trámites básicos e imprescindibles, protección del peatón, ciclovías, oferta cultural orgánica, con una carga latente de corrupción e indefensión mientras la seguridad ciudadana está en manos de la negociación y el chantaje.

Cada una de estas situaciones, y las que siguen en la lista larga de insensibilidades públicas, se resumen en la ausencia de respeto al consumidor, al administrado y al ciudadano como una nueva forma de violación de Derechos Humanos.

La improvisación en la gestión pública, necesitada de servidores formados en el ejercicio de capacidades e idoneidad. La falta de voluntad y creatividad se expresa en una constatación empírica: en la era de la cibernética, la robótica y la nanotecnología, la gestión sigue siendo manual en una gran parte del proceso. Y la ausencia del presupuesto colgado en una página institucional, con ejecución a tiempo real, deja en evidencia los intereses del ocultismo.

La comunidad académica fue sorprendida hace un tiempo por una afirmación del ex vicepresidente, García Linera: “Mientras que en el resto de los países la población rural disminuye, en Bolivia comenzó a suceder un proceso diferente: la población rural se ha incrementado”. 

Las palabras de las autoridades causan estado en función a su investidura. La afirmación de Linera contradice la tendencia migratoria campo-ciudad que se está produciendo en Bolivia y resulta preocupante si sobre la base de esas afirmaciones, se aprobaron políticas públicas. En este momento, la población boliviana vive 75% en área urbana y 25% en área rural, y repito, la proyección señala que el año 2032, en 2 censos más, la población urbana será del 90%.

Esa es la realidad que tenemos que debatir, respetar, administrar y enamorar.



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