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23 de septiembre de 2017, 4:00 AM
23 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Los pocos amigos que tengo –contados con los dedos de la mano– me tenían pochecó con aquello de que yo parecía un superviviente del tiempo de las cavernas, emparentado con Pedro Picapiedra, por el hecho de no estar supeditado a la tiranía de un celular, como la mayoría de la gente. Para que no siguieran tomándome por un analfabestia cibernético, y antes de que se les ocurra declararme persona no grata, tuve que echar mano de mi escuálido presupuesto y adquirí de ocasión un modelo Samsung para estar acorde con las exigencias de mis fraternos vanguardistas y en onda con todos los cibernautas que andan atropellando gente por las calles porque no pueden despegar la vista del ‘celu’, del ‘dios pantalla’, al decir de la sicoterapeuta Pilar Sordo.

Pero aclaro que no me incorporé al gremio para enviar o recibir llamadas porque para ello recurro a mi anticuado teléfono fijo, cuando necesito conectarme con el mundo exterior. Mi interés no era otro que acceder al programa Google y bajar cuanta información precisara en menos de lo que canta un elefante. Y descubrí que la cajita metálica era realmente una maravilla de la alta tecnología, más práctica, más completa y hasta más cómoda que cargar la voluminosa Enciclopedia Sopena o el Larousse Ilustrado.

Me divertí de lo lindo sin salir de casa bajando datos biográficos de personajes célebres (filósofos, literatos, científicos, historiadores y otros ), que en tropel acudían a mi memoria, solo que en medio de la diversión, la tarjeta de Bs 50 que había adquirido para que me durara una semana, se consumió en menos de dos horas de intensa búsqueda. Reincidí comprando otra tarjeta de igual valor y me sucedió lo mismo, y hubiera seguido tropezando en la misma piedra de no haber sido que caí en la cuenta que mi ‘renta Dignidad’, que es de Bs 300 mensual, porque no tengo jubilación, solo alcanzaba para unas cuantas tarjetas de la telefónica Tigo, que -me imagino- ha descubierto, con el negocio de la telefonía móvil, la piedra filosofal que le permite inflar sus activos, mientras que yo, por seguirle la corriente a mis amigos, por poco quedo en bancarrota.

Así fue como la cuestión financiera me hizo renunciar a Google y volver resignadamente a lo de siempre: a consultar 
mi vieja enciclopedia, no importa el tiempo y el esfuerzo que ello me demande, 
ni que mis fraternos se sigan burlando a mis costillas cada vez que me reúno con ellos a tomar cafecitos en el Victory, gusto que estuve a punto de perder por dármelas de cibernauta. 

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