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20 de agosto de 2017, 4:00 AM
20 de agosto de 2017, 4:00 AM

“¿Pueden caminar las montañas?”, preguntaba el monje budista Dogen, que vivió en el siglo XII. Parece una pregunta ridícula, pero Dogen advertía: “No mires a las montañas desde la escala del pensamiento humano”. 

Desde luego, incluso si acampamos día y noche frente una montaña por todo el tiempo que dura nuestra vida, es imposible que la veamos caminar. Sin embargo, si abandonamos el sentido común y nos planteamos la existencia de la montaña ya no en la pequeña escala de una vida humana, sino en términos de miles de años, tendremos en cuenta el desplazamiento de las placas tectónicas del mundo y, por lo tanto, veremos cómo camina la montaña.

Hijos de las estrellas (Debate, 2016), de la astrónoma chilena María Teresa Ruiz, es un ensayo que se hace cargo de las grandes preguntas sobre los orígenes del universo y de la vida en la Tierra en un estilo sencillo y elegante, y que insta desde las primeras páginas a abandonar “el instinto y el sentido común” para explorar el espacio. 

María Teresa Ruiz se doctoró en astrofísica en la universidad de Princeton y en 1997 fue la primera en confirmar la presencia de una estrella enana café, por lo cual obtuvo el Premio Nacional de Ciencias Exactas de Chile. “El universo más allá de la Tierra es muy raro, allí pasan cosas que aquí, en nuestro planeta, no ocurren; existen hoyos negros, pulsares, grandes explosiones de supernovas. No podemos hacer comparaciones ni usar nuestra experiencia terrestre para emprender con éxito esta indagación del cosmos que llamamos astronomía”, dice. 

Hijos de las estrellas es una especie de biografía de las estrellas llena de datos fascinantes. Ruiz explica que las primeras estrellas que habitaron el universo estaban compuestas solamente de hidrógeno y helio y no se parecían en nada a las que vemos hoy: “Es posible que hayan sido miles de veces más masivas que el Sol y su vida, muy corta”. 

Durante millones de años, estas estrellas cocinaron en sus corazones el hidrógeno y el helio primigenios hasta transformarlos en elementos más complejos como el oxígeno, el carbono y el nitrógeno; cuando murieron, las estrellas explotaron y expulsaron al espacio estos elementos, que fueron digeridos por la siguiente generación de estrellas. De esta manera, con cada generación la composición química de las estrellas se fue haciendo cada vez más sofisticada, hasta que surgieron las moléculas orgánicas que hicieron posible la vida en la Tierra. Estas moléculas están en distintas partes del universo, en especial alrededor de estrellas agonizantes. 

Cuando miramos al cielo, las formas lechosas que vemos son tanto indicios de estrellas que han colapsado dejando una estela cósmica, así como señales de nebulosas y galaxias bullentes de cuerpos celestes. Eso sí, lo que en realidad observamos no es el universo como es ahora mismo, sino como fue hace miles de años, debido al tiempo que tarda la luz en viajar hasta nosotros. 

Por ejemplo, la formación estelar más cercana a la Tierra es la Nebulosa de Orión: “A pesar de su cercanía, Orión está a unos mil quinientos años luz de nosotros, lo que puede ser poco en escala astronómica, pero de todos modos significa que la luz que hoy vemos de Orión salió desde allí en la época de la caída del Imperio romano”. 

María Teresa Ruiz consigue despertar una sensación de maravilla ante la enormidad y el misterio del cosmos: es posible imaginar la supernova que explotó en
1054 “y que quedó registrada en dibujos rupestres realizados por los nativos de Norteamérica, así como por los astrónomos de China. En ambos casos, se reporta que el brillo era casi como el de la luna llena y que esta luminosidad se mantuvo por unos días para luego declinar”. 
También contagia el deseo de poder presenciar el estallido de Carina, la estrella más próxima a explotar en nuestra galaxia: “Cuando explote será casi tan brillante como la luna llena, la veremos por varios meses antes de que desaparezca de nuestra simple vista”. Sin embargo, el colapso de Carina podría ocurrir hoy o dentro de diez mil años. 

Si Dogen se preguntaba por cómo caminan las montañas, la escala de tiempo que María Teresa Ruiz nos obliga a proyectar para pensar en las estrellas es mucho más vertiginosa: la edad de la Tierra es de 4.500 millones de años, y la vida surgió 1.000 millones de años más tarde en la sopa primitiva del océano. 
Somos infinitamente pequeños ante esas cifras y por eso nos cuesta aprehenderlas en la imaginación. El gran logro de Hijos de las estrellas es hacer que nos deslumbremos ante nuestro lugar en un universo enigmático en constante expansión. 

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