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En regiones del norte de Potosí dicen que quienes recibieron la vacuna contra el coronavirus se convirtieron en hombres lobo y se están comiendo a las personas. Con el paso de los días, habrá quienes dirán que lo vieron con sus propios ojos, y que más de uno se robó a niños y mujeres jóvenes de las comunidades para llevárselas a las montañas.

Así, la gente que ya es reacia a recibir la inmunización tendrá nuevas razones para oponerse a la vacuna, y entonces Bolivia se quedará muchos años conviviendo con el virus, mientras el resto de las naciones habrán superado la emergencia. Entonces nos verán como el país de la ignorancia, que, teniendo acceso a vacunas gratuitas, eligió hospedar de manera definitiva al virus que en 2019 apareció en Wuhan, China.

Las versiones sobre los hombres lobo a los que les creció el pelo por todo el cuerpo después de recibir la vacuna se difunden en castellano y en quecha y circulan en archivos de audio de redes sociales. Es decir, creen en hombres lobo, pero eso sí, son muy digitales, “mobile first” y están conectados, están “online”.

En los próximos días Bolivia será nuevamente noticia en el mundo -como lo fue por el pugilato de un senador contra un diputado en la Asamblea Legislativa- y entonces los titulares en noticiarios y medios del exterior dirán: “En Bolivia no se vacunan por temor a convertirse en hombres lobo”. En ese instante habremos hecho, como país, una vez más el ridículo.

Pero más allá de las consideraciones de imagen, después de taparnos los ojos con las dos manos como el monito del emoji de las redes sociales, pasemos a considerar el verdadero problema de esa expresión: sea parte de una campaña malintencionada, producto de la ignorancia o simplemente de la desconfianza de los pobladores, lo que está en juego con este asunto es el éxito de la campaña de vacunación masiva que, ya se sabe, es la única solución contra el covid-19.

Hasta ayer, de los aproximadamente ocho millones de habitantes que deben recibir la vacuna, solo 1,6 millones habían recibido la primera dosis, esto es, apenas alrededor del 20 por ciento de la población. Ni hablemos de la segunda dosis, que tiene un índice mucho menor.

Incluso en Santa Cruz, el departamento que mejor lleva la vacunación por el porcentaje de aceptación, apenas el 26 por ciento de la población vacunable ha recibido la primera dosis.

Sin embargo, una revisión de los grupos vacunados según rangos de edad muestra un panorama muy preocupante. De las personas comprendidas entre 60 y 69 años de edad, solo el 56 por ciento ha recibido la primera dosis. Es decir, en el grupo de personas de ese rango de edad que tuvo la oportunidad de vacunarse hace algunos meses, y que a estas alturas tendría que alcanzar una cobertura cercana al 100 por ciento, apenas poco más de la mitad ha recibido una dosis.

Entre las personas comprendidas de 70 a 79 años, solo el 49 por ciento ha recibido la primera dosis. En los mayores de 80 años, apenas el 39 por ciento se ha vacunado con la primera dosis.

En el grupo de 50 a 69 años, únicamente el 43 por ciento ha recibido la primera dosis. De 40 a 49 años la situación es peor: apenas el 29 por ciento ha sido vacunado con la primera dosis.

Así está Santa Cruz, con una cobertura ínfima, y las demás regiones del país están peor, esta vez no por ausencia de vacunas, sino por voluntad de la gente.

¿O será que aquella historia del hombre lobo no solo la creen en regiones del norte de Potosí, sino también en las grandes ciudades del país que se reclaman más y mejor informadas que las áreas rurales?

Y para rematar esta oscura historia de noches de luna llena, están los gobiernos, nacional y subnacionales, en quienes no se ve que hagan esfuerzos por difundir campañas de información sobre el beneficio de la vacuna, al menos para espantar a los hombres lobo.

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