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Como siempre una vez más el tema de la educación superior se concentra en un problema de recursos financieros. Entra tanto, esta vez con mucho dolor e indignación por la ‘muerte matada’ de un estudiante universitario: Jonathan Quispe y la estúpida teoría de las canicas. Ciertamente se hicieron y se harán sendos homenajes al muchacho, se lo convertirá en un héroe instantáneo de una causa justa, pero pasadas algunas semanas se olvidará el caso, nadie se hará responsable políticamente y Jonathan será una estadística más de la violencia política del país. Sin embargo, el dolor de la familia será eterno. También es probable que la Universidad Pública de El Alto (UPEA) consiga los recursos que estaban pidiendo. Las partes se irán a sus cuarteles de invierno para aguardar la siguiente escaramuza sobre las rentas.

Tal vez un mejor homenaje al joven alteño es polemizar y repensar nuestro sistema universitario, el modelo académico y esbozar propuestas. Ciertamente, a pesar de las mejoras que se han producido en los últimos 30 años, nuestras universidades están lejos de ser centros de investigación de avanzada,  conectados con su entorno y que brindan capital humano de primer nivel para el desarrollo económico del país.

Un primer problema es que no existe una información precisa de cómo está nuestro sistema universitario. El Instituto Nacional de Estadística (INE) tiene algunas cifras agregadas, y la Comisión Ejecutiva de la Universidad Boliviana (CEUB) también presenta datos parciales. Veamos algunos de ellos. En 2017, el gasto total en educación era del 8% del producto y en universidades fue superior al 2% del PIB. Cifras que están por debajo de los promedios latinoamericanos. En la actualidad, en las universidades públicas (556,371) y privadas (128,871) estudian casi 700.000 estudiantes, un 7% de la población total. El nivel de titulación no pasa del 30%. Ambas proporciones son muy baja en relación a América Latina.

Hasta el año 2015, existían 368 instituciones de educación superior siendo 107 universidades y 261 institutos técnicos, formación superior de maestros y otros. Las universidades públicas llegan a 11 y las privadas a 66. El resto son universidades con regímenes especiales. En este caso hay escasez de oferta en relación al tamaño de la población boliviana.

Según el CEUB , entre 2004 y 2015, las áreas de conocimiento de la nueva matrícula se concentraban en ingenierías en un 29,1% seguida de ciencias sociales y humanidades con un 26,6%, ciencias económicas un 21,8%, y en ciencias de la salud, el 14,2%. Es una buena señal que las carreas técnicas hayan subido, pero el camino es largo.

En las licenciaturas del sistema de la universidad boliviana dictan clases 20.775 profesores y tan solo el 3,3% de los docentes tiene grado académico de doctor. Con este nivel de formación de los docentes no se puede llegar muy lejos ni en la enseñanza ni en la investigación.

Todos estos datos reflejan ciertos avances en temas cuantitativos. ¿Pero qué podemos decir de la calidad? Esta es difícil de medir, pero la acreditación es un buen indicador. Este es un proceso llevado a cabo por una agencia externa a las instituciones de educación superior y permite ver la calidad de los programas o de la institución acreditada.

La mayoría de las acreditaciones las hace el CEUB y según sus datos hasta el 2015, se habrían acreditado 103 carreras de un total de 1.176. Las acreditaciones internacionales están en torno de 50 en todo el sistema universitario, público  y privado. Parámetro muy bajo para los estándares internacionales. Los avances en calidad son precarios.

Si hablamos del ranking internacionales la cosa es más grave. Ninguna universidad boliviana figura en el más prestigioso ranking que elabora la universidad de Shanghai y el Ranking Web (Webometrics) sitúa a las universidades públicas alrededor del puesto 3.000 y las privadas en el puesto 5.000. Si sirve de consuelo la mayoría de las universidades de América Latina no pasan del puesto 500.

Por lo tanto, el desafío mayor esta en la calidad de la universidades y su modelo académico. Tradicionalmente, una casa superior de estudios presta un servicio de educación, investigación y extensión social. Existe muy poca conexión entre el mundo académico y el desarrollo social o empresarial. Las universidades en los países en vías de desarrollo están escasamente conectadas con su entorno local, político, económico y productivo. Así no se avanzará mucho.

En un un mundo cada vez más globalizado que vive el auge de la revolución de la información y la tecnología, las universidades están frente al desafío de convertirse en ‘clusters’ con una doble misión. Por una parte, la creación y difusión del conocimiento y por otra, la promoción-acción de la solidaridad y desarrollo social. Las universidades deben enraizarse con su entorno y ser los dínamos de parques industriales, de ciudades del saber o, de una manera más general, de territorios inteligentes.

 

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