OpiniónOPINIÓN

Hospital de cristal

El Deber logo
14 de abril de 2020, 3:00 AM
14 de abril de 2020, 3:00 AM

Dr. Erick Arnez Del Río, médico del hospital Alfonso Gumucio Reyes

La razón por la que elegí trabajar en el Hospital de la ciudad de Montero, entre otras alternativas como hacer el ASSO (Año de Servicio Social), fue el de saberme útil y no un número más.

Este hospital frágil me recordó al Hospital Viedma, donde me formé, un edificio antiguo de pasillos estrechos, donde el agradable calor que envolvía las salas de internación hacía acogedor el ambiente dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

Había cinco camas con cuatro ventiladores y los colegas, en su mayoría, se habían formado en Terapia Intensiva, no recuerdo la cantidad de pacientes que pasaron por la unidad durante el periodo en el que trabajé, pero sé que muchos ahora caminan por las calles y alguna vez me sorprenden con una sonrisa y saludos emotivos. Reconozco mi fragilidad mental al no recordarlos, quizá porque cambiaron de apariencia y aumentaron de peso o porque los veo vestidos. Más allá de las formas, lo cierto es que su gratitud me genera una alegría inconmensurable.

La pandemia del Coronavirus ha desnudado nuestros temores y miedos como personas, es como si nos hubiese arrancado la bata blanca y dejado vulnerables en nuestra condición humana, donde el miedo pasa por las cabezas de médicos y enfermeras de la UCI, los ojos llorosos y las voces entrecortadas lo exudan de forma indiscutible. Nunca había sentido tanta responsabilidad de proteger a los míos, de proteger mi casa y mi servicio de la amenaza viral. Sin titubear, decidí limitar el ingreso de externos y de familiares y aislarnos del resto del hospital, crear una burbuja de protección invisible. A pesar de las críticas de los externos que nos señalaban de paranoicos, fuimos consistentes en esta actitud e hicimos nuestro plan de contingencia en nuestra pequeña casa. Estas medidas nos dieron la confianza de seguir acudiendo a trabajar y sentirnos seguros en nuestra casa.

Solo los que confían en Dios y trabajan con la muerte cara a cara, pueden saber lo que se siente ver morir a una persona, muchas veces con la impotencia de ya no poder hacer nada y también, otras tantas, porque el hospital no tiene medicamentos y la familia no tiene las posibilidades de costearlos. Duele aún más, cuando uno es consciente de que es posible salvar a una persona y, a pesar de ello, el desenlace es la inexorable muerte. Sin medicamentos, sin una farmacia que los provea, sin las mínimas herramientas para darle la oportunidad a alguien de seguir en este mundo. 

Hospital de Cristal donde albergas a tus enfermos y a tus centinelas, aunque mal pagados, poco reconocidos por las autoridades, explotados y vejados por los que hacen política a costa de la vida y el sufrimiento de los pacientes, de las enfermeras, de los técnicos, bioquímicos, auxiliares, médicos y trabajadores manuales. Continuaremos defendiéndote y cuidándote con la bendición de Dios, que es nuestra fortaleza para seguir adelante. 

En cada trabajador la ansiedad está presente, pero también la esperanza de mejorar nuestras condiciones de trabajo, de que en algún momento recibamos aunque sea por cumplimiento el reconocimiento de las autoridades, que ahora nos tildan de políticos por reclamar condiciones de protección adecuada, mejores salarios, reconocimiento de nuestros derechos laborales, esa mezquindad e ignorancia que intenta hacernos ver como inhumanos ante los ojos de los que nunca se acercaron a conocer el Hospital de Cristal y ver cómo funciona y cómo estamos. Hasta la fecha ningún político cruzó las puertas del hospital para interiorizarse sobre las falencias, necesidades y condiciones de trabajo. Está claro que ante las autoridades somos trabajadores de segunda, sin valía: un número más, un médico más, una enfermera más. Lo cierto es que nadie está libre de enfermarse, ergo estaremos aquí cuando el ángel de la muerte los visite y quiera llevárselos y solo dependerá de nuestra capacidad y de la voluntad de Dios para poder sacarlos de su crisis de salud y devolverlos a su casa con los suyos, espero que ese día puedan darse cuenta lo vale un “hospital”.   

Agradeceremos siempre a nuestros pacientes que salieron con una sonrisa y que nos recuerdan y nos mandan mensajes de apoyo, aliento y fortaleza.
Es importante que la colectividad tome consciencia de que detrás del rol hay un ser humano con las mismas condiciones de vulnerabilidad y sentimientos, también tenemos miedo de no regresar a nuestras casas, que nuestra pareja nos rechace o que el vecino nos estigmatice, cuando en nuestra práctica laboral estamos salvando vidas e intentando ganarle a la muerte.   

No buscamos constituirnos en mártires y menos en anónimos, pues ello carece de sentido y de poder transformador, cuando lo que buscamos es generar cambios positivos para mejorar la calidad de vida de nuestra sociedad.
Este hospital de cristal, estará siempre ahí, mientras nosotros sigamos poniendo parches y curitas, tapando los huecos, las estrías y rajaduras; aunque ya no estemos en este mundo, no se derrumbará: seguirá siendo nuestra casa.



Tags