Opinión

¿Hubo alguna vez 11.000 vírgenes?

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13 de agosto de 2017, 7:48 AM
13 de agosto de 2017, 7:48 AM

Jamás me formulé una pregunta tan irreverente como la que plantea el titular de esta crónica, porque desde muy niño mi piedad cristiana fue piloteada por mi madre, llamada Asunción porque nació el 15 de agosto, o sea que mis primeros y mis actuales pasos marcan un sello inequívocamente mariano.   

Así se lo conté a mi corresponsal en el Palacio Real de la Plaza Murillo, causando admiración en la periodista cochabambina, pues mis palabras fueron plenamente aceptadas por quien parece ser una de las primeras devotas de la Virgen de Urkupiña, que apareció grabada en el corazón de los nacidos en Quillacollo, punto central donde se la venera, aunque la pobreza de nuestra nación le adjunte una serie de ritos semipaganos, como coleccionar guijarros del cerro Cota, cual convierte a ingenuos devotos de la Madre de Dios en ávidos picapedreros, que están obligados a cargar estos fragmentos del cerro, guardarlos en sus casas y devolverlos al cabo de un año. 

En medio de este trajín es verdaderamente milagroso comprobar cómo la inmensa mayoría de los fieles renueva su fe cada año y la trasmite boca a boca. Junto a la peregrinación, se realiza también una entrada folclórica que congrega a más de 40.000 danzarines, que ofrecen sus bailes a la Virgen de Urkupiña para agradecerle por un milagro y para pedirle otro. Estas plegarias son generalmente de naturaleza económica o de trabajo, pues escuché alguna vez el testimonio de que la mamita de Urkupiña no se especializaba en milagros de salud, amor o viajes. 

Al intercambiar nuestras percepciones con mi comadre, le pregunté si en su contacto cotidiano con el presidente Evo Morales, había advertido alguna vez si el mandatario creía en los milagros de la mamita de Urkupiña. Respondió tajantemente que no, pues estaba más convencido en los milagros del exministro de Economía, Arce Catacora, y de las interlocuciones de una cruceña que no está entre las 11.000 vírgenes, pero dirige la Asamblea de los Diputados, donde lograba borrar de toda culpa a su máximo jefe, sin dar tiempo a la intervención de otros masistas como el inteligente ‘Gringo’ Gonzales.  

Deseosa de participar de la entrada folclórica de Quillacollo, y de pedir algún milagro económico para este pobre columnista devoto del Señor de la Columna y de la Virgen de Urkupiña. 

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