Opinión

Huellas indelebles

Harold Olmos 17/12/2018 04:00

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El martes 11 de diciembre, el Gobierno del presidente Evo Morales forjó una fecha de larga duración en la memoria del país. Chaparina se trasladó a Santa Cruz para descubrir su peor rostro, el que ha llevado a un número creciente de bolivianos a oponerse a quien hace más de una década lo creyeron abanderado de los derechos humanos y portavoz de las causas indígenas más genuinas. Este martes no hubo una ruptura de la “cadena de mando”, que sin rubor se afirmaba que ocurrió en Chaparina, sino una orden precisa de despejar la huelga de hambre que protagonizaba una veintena de jóvenes cruceños frente al Tribunal Departamental Electoral. Con su movimiento, esos jóvenes han herido los planes prorroguistas del Gobierno.

La “ruptura de la cadena” pretendía justificar la paliza brutal a decenas de pobladores de la jungla chapareña que el 25 de septiembre de 2013 marchaban hacia La Paz en defensa de su territorio, que veían amenazado por una carretera que, decían, destruiría su hábitat. Esta vez, un puñado de huelguistas de hambre fue atacado por turbas pro-Gobierno y su pretensión de reelegirse indefinidamente. Los huelguistas eran dos docenas de jóvenes, alzados contra un extraño “derecho humano” a la reelección sin fin.

En actitud sospechosa, la Policía no estaba vigilante. Según la primera explicación de las autoridades, los pocos guardias que quedaban habían levantado la custodia hacia el mediodía para “no provocar” a los huelguistas y a miles de estudiantes de la Uagrm que marchaban con banderas blancas y tricolores a favor del 21 de febrero, la fecha de 2016 cuando el Gobierno recibió un incuestionable No a su pretensión reeleccionista. Bajo la insólita explicación, el TDE sin guardia era un plato servido para las huestes reeleccionarias que lo ocuparon y vandalizaron.

Lo ocurrido no es extraordinario en la Bolivia reciente. Guarda semejanzas con la represión contra los marchistas del Tipnis, e incluso con la invasión policial al diario Presencia, a comienzos de 1977, para sofocar una huelga de hambre por la democracia. El parecido es sorprendente respecto a estos días. Si el propósito de “no provocar” es razón para dejar desguarnecida a una institución, estamos fritos, como estuvieron los pobladores del Tipnis cuando la Policía, que en teoría debía protegerlos, los atacó.

Tirar la piedra y ocultar la mano tampoco ha sido excepcional. Así ocurrió en otras ocasiones. Para el episodio del hotel Las Américas, 2009, las autoridades presentaron, entre otras, la versión de que la unidad que tomó el hotel había sido atacada por combatientes desnudos. Los policías reaccionaron a ese supuesto ataque erótico-terrorista y mataron a tres; dos que quedaron con vida fueron liberados en 2015, cuando, tras años de negar las acusaciones del Ministerio Público, ‘confesaron’ los crímenes de los que eran acusados y a hurtadillas cruzaron la frontera y huyeron del país.

La toma del TDE está bajo investigación. Lo primero que decidieron los encargados fue liberar, por falta de pruebas, dijeron, a todos los sospechosos de los desmanes. La tecnología ayudó para identificarlos, pues los activistas que acompañaban a los huelguistas tomaron fotografías y dieron rápidamente con los incendiarios. Entre tanto, la docena de jóvenes en ayunas fue llevada a la catedral metropolitana y, desde allí, Gary González, uno de sus dirigentes, dijo que se aprestaban a tomar decisiones más drásticas para presionar a las autoridades para que retiren de la contienda electoral al duo oficial Morales-García. A un par de metros de la carpa, al pie de la catedral, donde estaba cobijado junto a otros huelguistas, González tenía un ataúd listo para instalarse. Él y sus compañeros instaban a los que la noche del miércoles paseaban por la plaza central de Santa Cruz a incorporarse al movimiento. “No seas mirón, súmate al montón”, gritaba, por los altavoces, un activista. Otros coreaban: “Esto no es Cuba, tampoco Venezuela, esto es Bolivia y Bolivia se respeta”.

Los episodios del miércoles coparon la atención del país. Ocurrieron cuando el presidente Morales y la cúspide gubernamental buscan hechos positivos que reorienten las informaciones críticas que ganan espacios destacados en la prensa internacional. Desde The New York Times hasta el inglés The Guardian, todas las menciones al presidente y su Gobierno han sido críticas, en contraste con la simpatía unánime que solía recibir.

Columnista estrella del Miami Herald, el periodista argentino Andrés Oppenheimer, decía que los portavoces del Gobierno norteamericano son pródigos y ágiles para censurar a los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero ignoran al de Bolivia. Lo mismo decía de los gobiernos democráticos latinoamericanos, oportunos para censurar a esos tres países, pero sin decir ni una palabra sobre el régimen de Bolivia. El punto de arranque para la ola crítica parte de la aprobación del Tribunal Electoral a la candidatura Morales-García, por encima del voto negativo del 21 de febrero de 2016.

Una reminiscencia de los últimos días del régimen militar de los años de 1970 viene al dedillo. Un puñado de personas, entre ellas cuatro mujeres mineras se instalaron en el Arzobispado de La Paz, iniciaron el que sería un reguero de ayunos al finalizar 1977 presionando por libertades democráticas.

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