Opinión

Ideología de los números: encuestas y sufragantes

6/8/2019 04:00

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Hemos entrado en la etapa en que todos los ciudadanos interesados en el proceso que afecta el futuro inmediato del país recurrimos a las encuestas para ver cuál es la tendencia de las preferencias.

Dependiendo de las preferencias, los que resultan aventajados las usan como respaldo indiscutible de progreso electoral, los que obtuvieron resultados poco favorables, como un recurso amañado.

La deficiencia de estos estudios estriba en que encubren las verdaderas razones por las que un ciudadano debiera elegir su candidato, lo distraen y lo engañan.

Los resultados de estos estudios hablan sobre magnitudes aritméticas y sus probabilidades matemáticas, pero no dice nada sobre la naturaleza de los sujetos en torno al cual se realizan las indagaciones.

Que Evo Morales lidere las encuestas con porcentajes mayores que sus contendientes, no logra establecer quién es en realidad Evo Morales y, menos aún, quienes sus contendores.

Los resultados no nos permiten comprender que cada uno de ellos (los candidatos) encarna un proyecto hegemónico.

Un criterio ordenador que define cómo y qué se hará desde el gobierno. Esto significa imponer un ordenamiento social, político, ideológico, económico y cultural que define el “modelo” de Estado que se pretende administrar.

Las encuestas no le indican al ciudadano de a pie que Morales encarna un proyecto hegemónico centrado en el criterio de raza, y que Mesa u Ortiz son la representación de una sociedad mestiza, cuya forma de ser es la democrática y liberal.

Tampoco le dicen que los principios racistas fueron a lo largo de la historia el principio activo que permitió, por ejemplo, el nacionalsocialismo en la Alemania de Hitler y los genocidios más espantosos a lo largo de la historia, o que fue una visión de raza la que produjo el horror del Holocausto.

La manera estrictamente aritmética en que se presentan los resultados no permiten que los ciudadanos comprendan que una sociedad mestiza es por definición plural y que, una sociedad afincada en criterios de raza o de etnia, como los que sustentan las narrativas del oficialismo, es por definición excluyente, segregacionista y racista. Tampoco los resultados de estas encuestas le dicen al ciudadano que cada candidato es portador de un proyecto ideológico que supone una particular manera de valorar a cada sector de la sociedad.

Las encuestas no le advierten al votante que la eventual victoria de Evo Morales supone la instalación de un régimen inscrito en el Socialismo del Siglo XXI, que, como todos sabemos, fue el mayor fracaso político de toda la historia latinoamericana, no solo por corrupta, sino, además, por utópica. Al leer las encuestas, el ciudadano no percibe que de lo que se trata es de definir el futuro de nuestros hijos entre dos opciones claramente diferenciables: la dictadura o la democracia.

No es que Evo Morales se transformó de la noche a la mañana en un hombre de consensos y de unidad, es solo la apariencia, sigue siendo lo que siempre fue: un lobo bajo piel de cordero.

Lo que si puede percibir el ciudadano es que la reducción de un 64% a un 37% en casi tres lustros de gobierno mañosamente ininterrumpido, muestran que el ré- gimen del MAS ha ingresado en una etapa regresiva.

Evo Morales es ahora la mejor representación de las fuerzas conservadoras, esas fuerzas que están decididas a todo para evitar un cambio. Tan reaccionario se ha vuelto el régimen que no le tembló la mano al momento de aprobar la Ley de Partidos con el único fin de bloquear la emergencia progresista de las plataformas, es decir, la presencia legítima de las nuevas y jóvenes generaciones que piensan este país más allá de la raza y el mito andino.

Si algo hay de contrarrevolucionario en la Bolivia de hoy, es el MAS y su cúpula dirigencial. Como se ve, las encuestas tienen un límite cuantitativo. Nunca dicen nada de lo que esconden los números.

 

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