Opinión

Imagen del horror

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19 de abril de 2017, 4:00 AM
19 de abril de 2017, 4:00 AM

Se ha vuelto viral la imagen dramática de un fotógrafo que rompe en llanto con el horror reflejado en su rostro después de que el estallido de un carro bomba matara a más de un centenar de personas, de las que 68 eran niños, entre los evacuados de Alepo, una de las ciudades devastadas por la guerra en Siria. Es un conflicto que se mantiene desde hace más de un lustro y que ha provocado más de 300.000 muertos y millones de desplazados y refugiados. 

El reportero intentó ayudar a un niño alcanzado por el fuego llevándolo en sus brazos. Un colega suyo registró el momento. Es probable que a la fotografía le corresponda un Premio Pulitzer como el símbolo de un drama terrible, el que la guerra representa, que no parece conmover suficientemente a la humanidad, en especial a gobernantes ocupados en cabildeos y negociaciones. 

Estos encuentros y gestiones poco o nada resuelven, peor aún, en ellos se muestran incapaces e indolentes para poner freno a tanta violencia irracional y a la pérdida de un número cada vez mayor de vidas inocentes, como consecuencia de interminables conflictos sangrientos. 

El ataque brutal fue perpetrado por un kamikaze que hizo estallar su camioneta contra un convoy de autobuses que transportaba a miles de evacuados, familias enteras entre ellos, que “desde hacía tiempo sabían lo que es sufrir... este es un horror que debe romper el corazón de cualquiera que tenga corazón”, dijo un ejecutivo de Unicef, consternado por la tragedia y tras confirmar el deceso de los niños. 

El papa Francisco se refirió a “un vil ataque contra refugiados que huían” e imploró paz para el Oriente Medio, sobre todo para Siria, donde imperan el horror y la muerte. El pontífice también pidió a Dios que conceda a los representantes de las naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y acabar con el tráfico de armas.

La horrorosa masacre ocurrida en Alepo deja abierta una herida difícil de cerrar en medio de crecientes tensiones y con la paz mundial llevada irresponsablemente al límite. Son más que justificadas las razones para experimentar un temor creciente ante los desenlaces de consecuencias imprevisibles que, en cualquier momento, pueden producirse en nuestro convulsionado planeta y afectar, de una u otra manera, a todos sus habitantes. 

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