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Si hay algo que caracteriza al Gobierno del MAS, particularmente durante el largo Gobierno de Evo Morales y García Linera, es su naturaleza etnocéntrica. El objetivo de “indianizar” el Estado se presentaba como una estrategia cuyo fin no era transferir a los misteriosos fondos de la historia nacional un conjunto de contenidos estatales que lograran configurar una nación étnica, sino, más bien, construir una en que la cosmovisión y los valores aimaras fueran los dominantes. Se trataba de un intento por transformar la naturaleza del Estado en el sentido de vaciar sus contenidos mestizos (considerados propios de un colonialismo interno) y sustituirlos por los originario-campesinos encriptados en la cultura aimara.

La estrategia para este fin se denominó Revolución Democrática Cultural, al mejor estilo maoísta, y se proclamó por todos los medios posibles el despliegue de este amplio conjunto de acciones que comportaban desde las regulares “challas” en Palacio Quemado, hasta la edición de libros de educación básica repletos de los valores propios de la cosmovisión andino-aimara. La revolución proclamada, empero, no solo no prosperó, sino que se convirtió en el boomerang que terminaría debilitando el poder de Evo Morales, el primer gobernante indígena terminó presionado por su visión etnocéntrica, como el representante de los intereses específicos y particulares de los aimaras en detrimento de todas las demás etnias, y, en particular, las de tierras bajas.

En verdad, el intento de imponer un horizonte aimara no hacia parte de la misión que la historia le encargó al IPSP, misión que consistía en ampliar la naturaleza del Estado revolucionario nacido el 52 con el espectro de todas las dimensiones culturales cobijadas por la nación.

Esta que había quedado trunca en el proceso iniciado con la Revolución de Abril, era sin duda la misión más importante que el MAS-IPSP debía llevar adelante. La construcción de un Estado multiétnico y plural fue desde principios del siglo XX la misión más importante y revolucionaria, que demandaba la imperiosa necesidad de modernizar el Estado Liberal que habíamos heredado del periodo liberal en manos de Liberales y Conservadores hasta la Guerra del Chaco, y en descomposición, hasta 1952.

La misión básica del IPSP era, en consecuencia, cerrar el proceso de la Revolución Nacional incorporando la diversidad étnica en la estructura de representación real (y no formal) en las estructuras del poder, por ello, el MAS llega al Gobierno sin proyecto histórico propio, es en realidad la expresión final del proyecto revolucionario del MNR, que a su vez, expresaba una demanda histórica elaborada a lo largo de toda la mitad del siglo XX.

El discurso revolucionario del Gobierno de Evo Morales se tiñó de un socialismo siglo XXI, casi incompresible, en un esfuerzo desesperado por diferenciarse del proceso que llevó adelante el MNR, y su recalcitrante desprecio por lo que había hecho este proceso y particularmente Víctor Paz Estenssoro, eran el reflejo de su frustración, solo eran, al final del día, la última expresión del Estado del 52. Su misión habría sido grandiosa si lo hacía en el espíritu del nacionalismo revolucionario, es decir, exento de cualquier interés étnico-hegemónico; sin embargo, sucumbió a las históricas ambiciones aimaras de ser el creador de una nación fundada bajo el signo de la raza.

Pocos ciudadanos considerarían negativo el proceso de inclusión social que el MAS llevó adelante, esa era sin la menor duda una tarea pendiente que el MNR llevó a cabo de forma formal, la inclusión real la hizo indudablemente el MAS. Seguramente la historia reconocerá este hecho estatal como un hecho histórico de la mayor trascendencia, y sin la menor duda así fue.

Pero la idea no era incorporar a los grandes sectores indígenas al Estado y ampliar así su representación social y política bajo el dominio de una sola cultura, pues, resultaba tan propia de un colonialismo interno como lo fueron la dominación colonial y en la República la mestiza-blancoide. La idea era construir un Estado plurinacional, multiétnico propio de la modernidad capitalista. Morales resultó haciendo lo inverso, replicó las ambiciones hegemónico-culturales que la ciudadanía rápidamente calificó como un “racismo a la inversa”, con el agravante de que ese racismo alcanzaba incluso a las nacionalidades no aimaras.

Así se concluyó la historia de la Revolución Nacional, entretanto, el poder étnico empezó a dar paso al poder ciudadano, y con este quedó diseñado el proceso que terminó con la salida de Morales y el triunfo del poder ciudadano.

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