Edición Impresa

Inmorales

Alejandro Arana 28/8/2020 05:00

Escucha esta nota aquí

El 15 de julio de 2015, en la ciudad alemana de Lüneburg, Oskar Groening más conocido como “el contador de Auschwitz” fue declarado culpable por su complicidad al facilitar el asesinato en masa de 300.000 judíos en el campo de concentración que da lugar a su sobrenombre. 

Sin embargo, y hasta el final de sus días, éste alegó inocencia justificando que nunca participó directamente en los asesinatos y que solo fue “un pequeño diente en el engranaje”. No obstante, fue precisamente ese argumento, por el que éste y otros soldados nazis fueron hallados culpables y sentenciados, porque no importa cuan pequeña haya sido su participación, ellos fueron una parte de la maquinaria asesina del Tercer Reich.

En el juicio seguido contra Bruno Dey, guardia de las torres de vigilancia en el campo de concentración de Stutthof en Polonia, uno de los testigos afirmó “Los soldados en las torres tenían todo a la vista. Lo veían todo, sabían lo que sucedía y por eso no los perdonaré jamás". 

Efectivamente, así como a Groening, el ser tan solo un pequeño colaborador no lo eximió de culpa, la silenciosa contemplación de Dey no lo libró de la suya, puesto que como claramente lo recuerdan las escrituras “El cómplice del ladrón aborrece su propia alma”. Es más, el hecho que el encubrimiento de crímenes ajenos sea un delito internacionalmente penado, confirma cuan universalmente es reprobada dicha conducta.

Ciertamente, para la mayoría de nosotros, las atrocidades cometidas por los soldados de las Waffen-SS alemanas nos pueden parecer lejanas en tiempo y espacio, pero mucho más cerca y hasta hace poco tiempo atrás, otra hueste tan fanática y peligrosa como aquella, persiguió de manera sistemática en nuestro país a muchos compatriotas quienes fueron víctimas de todo tipo de abusos de poder que incluyeron la intimidación a medios de comunicación, extorsión a empresarios, persecución judicial a oponentes políticos, detenciones y condenas injustas, exilios forzados, etc. 

Resulta por lo tanto esperanzador ver que, luego de 75 años de terminada la segunda guerra mundial, todavía se sigan dictando sentencias contra criminales de guerra, demostrando que la justicia puede tardar, pero va a llegar. Vemos que incluso hoy, muchos miembros del régimen masista ya se encuentran como prófugos en el exilio, refugiados en embajadas o enfrentando procesos ante la justicia. Todos ellos formaban parte de los altos rangos del masismo, y por ende son los principales responsables de los atropellos cometidos en 14 años de represión, no obstante, existen muchos otros que formaban y siguen perteneciendo a sus filas y que, aunque no hayan sido participes directos de los abusos y crímenes mencionados, fueron sus silenciosos y cobardes testigos. 

Uno podría entender, aunque nunca aprobar, que ambiciones personales desmedidas los hayan llevado a pasar por alto tamañas faltas. Sin embargo, y luego de haberse destapado una serie de denuncias contra su líder y caudillo por presuntas relaciones íntimas con menores de edad, no se puede menos que preguntarse lo mismo que la jueza Anne Meier-Goering le dijo al soldado Dey “¿Cómo pudieron acostumbrarse al horror?” En este caso, ¿Cómo pudieron ver y consentir semejante bajeza y perversión?

Talvez no existan juicios de Núremberg para condenar a todos éstos, pero seguro recibirán el castigo divino que merecen porque considerando todas las denuncias que son de conocimiento público y el famoso refrán que reza “dime con quién andas y te diré quién eres", los seguidores de Morales, han demostrado ser sencillamente inmorales.