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La inteligencia artificial no va a caer… pero puede quebrarse por dentro

Miércoles, 13 de mayo de 2026 a las 04:00

Hay momentos en la historia en los que algo cambia… y uno lo siente. No es inmediato. No hay un anuncio oficial. Pero de pronto, los números empiezan a contar otra historia. Hoy estamos en uno de esos momentos.

Las cinco mayores tecnológicas del mundo están invirtiendo más de 600.000 millones de dólares en inteligencia artificial. Una cifra que supera el PIB de muchos países de América Latina. Pero el dato realmente inquietante no es ese. Es otro.

Por primera vez, la inversión en inteligencia artificial está empujando el crecimiento de Estados Unidos más que el consumo de sus propios ciudadanos. Es decir… ya no son millones de personas comprando cosas lo que mueve la economía. Son cinco empresas comprando chips.

Suena potente. Casi futurista. Pero también… un poco frágil. Porque cuando el crecimiento depende de tan pocos actores, cualquier tropiezo deja de ser un problema empresarial… y se convierte en algo mucho más grande.

Y aquí es donde conviene mirar debajo de la alfombra. La revolución de la inteligencia artificial no está sostenida solo por innovación. Está sostenida por una cadena. Una cadena donde cada eslabón depende del otro. Y si uno falla… el resto no aguanta.

El primer eslabón es financiero. Y acá viene algo interesante —y poco intuitivo—: estas empresas no solo invierten… también se compran entre ellas. No en el sentido clásico de adquisiciones, sino en algo más sutil.

Microsoft le paga a OpenAI. OpenAI contrata infraestructura. Esa infraestructura se construye con tecnología de otras grandes. Esas mismas grandes, a su vez, dependen de los ingresos que vienen de las primeras.

Es un circuito. El ingreso de uno… es el gasto del otro. A esto se le llama reflexividad financiera. Suena técnico, pero la idea es simple: el valor de cada empresa depende, en parte, de que las otras sigan gastando.

Mientras todos empujan en la misma dirección, el sistema se sostiene. Pero si uno frena… el efecto no es lineal. Se siente en todos. Y aquí aparece la primera grieta.

Hasta hace poco, estas inversiones se financiaban con flujo de caja real. Negocios sólidos. Dinero generado de verdad. Hoy ya no alcanza. Están gastando casi todo lo que generan… y el resto lo están financiando con deuda. Nada ilegal. Nada raro. Pero sí… más frágil.

El segundo eslabón es macroeconómico. Durante décadas, el motor de la economía estadounidense fue el consumo. La gente comprando, viajando, invirtiendo en su vida. Hoy ese motor está siendo desplazado.

Y aparece algo que algunos economistas llaman “PIB fantasma”. Crecimiento que existe en los números… pero no se siente en la calle. No genera empleo masivo. No mejora necesariamente el bienestar. Y eso importa. Porque una economía que crece sin que la gente lo perciba… empieza a tensionarse.

El tercer eslabón es físico. Y acá es donde la historia se vuelve casi irónica. Porque toda esta revolución digital depende de algo muy poco digital: energía. Mucha energía. Los centros de datos que sostienen la inteligencia artificial consumen cantidades enormes de electricidad. Y gran parte de esa energía viene del gas natural.

¿El problema? El mundo no es estable. Cuando el estrecho de Ormuz se tensiona, el precio del gas sube. Y sube rápido. Ya pasó. Y cuando eso ocurre, los costos operativos de los centros de datos se disparan. No es teoría. Es caja. Es margen.

De pronto, algo que parecía puramente tecnológico… depende de geopolítica.

Y no solo eso. La infraestructura energética no crece al ritmo de la inteligencia artificial. Las turbinas tardan años. Las redes eléctricas también. La tecnología avanza en meses. La energía… no.

Y hay otro detalle que casi nadie comenta. Los chips —el corazón de todo esto— envejecen rápido. Muy rápido. En uno o dos años pueden quedar obsoletos frente a nuevas generaciones mucho más potentes.

¿Qué significa esto? Que los centros de datos pierden valor antes de lo que los bancos esperan. Y ahí aparece un problema serio. Los bancos financian estas inversiones asumiendo que esos activos van a durar décadas. Pero si el activo clave —los chips— pierde valor en pocos años… el colateral se evapora.

En otras palabras: el banco prestó pensando en una garantía sólida… y de pronto esa garantía vale mucho menos. Y eso… cambia todo.

El cuarto eslabón es humano. Y probablemente el más incómodo. Porque esta vez la automatización no empieza por abajo. Empieza por arriba. Por los trabajos calificados. Los que antes parecían seguros. Analistas, contadores, programadores junior…

Y ocurre algo silencioso. No es que las empresas estén despidiendo en masa. Simplemente… dejan de contratar. La base desaparece. Y eso tiene un efecto directo. Menos jóvenes trabajando significa menos consumo. Y menos consumo significa menos ingresos para las mismas empresas que están invirtiendo miles de millones en inteligencia artificial.

Ahí el círculo se cierra. La tecnología que promete eficiencia… empieza a debilitar su propia base de clientes. No de golpe. Pero sí… poco a poco. Como una grieta que al principio no se ve.

Y esto nos deja frente a una pregunta incómoda. ¿Estamos ante una burbuja? No necesariamente. Las empresas son reales. La tecnología funciona. La innovación es indiscutible.

Pero el sistema… es frágil. Muy frágil. Porque depende de que todo funcione al mismo tiempo: financiamiento, demanda, energía y empleo. Y eso… rara vez ocurre sin tensiones.

Tal vez la inteligencia artificial no colapse. Pero eso no significa que no pueda tropezar. Porque las grandes revoluciones no se rompen por lo evidente. Se rompen por lo que nadie estaba mirando. Ahí… donde todo parecía funcionar perfecto.

(*) Orlando Saucedo Vaca, máster en Economía & Finanzas. UCB/UNIR

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