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3 de marzo de 2019, 4:00 AM
3 de marzo de 2019, 4:00 AM

Mientras que la Intelligentsia de la región norte del país debate sobre un supuesto elitismo del mesismo como posible causa para su caída en las últimas encuestas, desde la región oriental no dejamos de sorprendernos sobre el contenido centralista de la discusión y su elevado paternalismo regional.

Es pues realmente curioso para cualquier millenial del oriente boliviano (y quizás de todo el país), leer sobre la categoría social del colegio San Calixto de La Paz, sobre quiénes merecen ser “mestizos”, sobre los distintos tipos de educación basados en el origen racial (¿Será que aprender inglés es para la educación “blanca” elitista? ¡Agárrense entonces los que saben alemán!).

Aparentemente la lucha de clases sigue más vigente que nunca, motivo de felicidad para cualquier intelectual de corte neo-marxista.

El ejercicio que hace el destacado intelectual Fernando Molina en su artículo: Una sociología del mesismo, así como la réplica de la también destacada periodista Amalia Pando, son seguramente interesantes en la región norte, más no lo son en el oriente.

El carácter elitista del mesismo preocupa a pocos y a nadie en el oriente del país. La discusión sobre la lucha de clases, muy apreciada en círculos de izquierda, nunca ha tenido un rol protagónico en esta región. En la tierra cuyos habitantes fueron descritos por René Moreno como “Hermosos como el Sol y pobres como la Luna”, no ha desaparecido aún la última generación que compartió pobreza, la de las calles arenosas. Hablar de élites para esa generación es considerado prácticamente un insulto a sus años mozos.

En el vernáculo oriental, las palabras explotación y expropiación suenan bastante extrañas. Más común y propias son las palabras esfuerzo, trabajo, propiedad privada y progreso.

El mito del “Camba flojo”, el que gusta tanto de la hamaca, no fue más que un cómodo artilugio andino para justificar el abandono del centralismo a las diversas necesidades socioeconómicas de la región oriental del país.

Con una visión más oriental de la discusión, exploremos no sólo los motivos para el descenso de Carlos de Mesa, sino también del posible “desplome” (ceteris paribus en el escenario político de oposición) de la intención de voto de este candidato en el oriente boliviano.

La sociedad oriental en general, especialmente los electores más jóvenes (que son la mayoría), no son usualmente víctimas de ideologías. Tienden a ser pragmáticos y a buscar soluciones efectivas a sus problemas personales y a los de la sociedad, libre de tintes políticos.

En todos sus estratos sociales, a pocos interesa la lucha de clases, menos aún discusiones sobre mestizaje o razas. Pues saben que la ascensión social está garantizada a través de la acumulación de riqueza, sabiduría y o valentía.

Lo que el elector común del oriente persigue son la recuperación de la democracia y mejoras tangibles en su calidad de vida: caminos, salud, educación, seguridad ciudadana y mejores índices de crecimiento de la economía regional.

En los últimos años ha aumentado el sentimiento de revanchismo hacia el centralismo andino. La lucha por la autonomía departamental no llegó a los resultados esperados, y la culpa la tendrían los centralistas de La Paz.

Se tiene la percepción que Santa Cruz está pagando la fiesta masista, y que sustenta económicamente al centralismo y a regiones andinas empobrecidas. Todo esto en desmedro de necesidades regionales propias y de su futuro desarrollo.

La élite oriental (y sí, existe una que ahora es la más poderosa del país), por su lado, comprende que su región tiene la hegemonía económica y cultural en Bolivia, faltando únicamente la política. La misma que es inevitable, si observamos las tasas de crecimiento demográfico y económico de Santa Cruz. El interés de la élite local es de solo acelerar este proceso y minimizar los daños del centralismo a su desarrollo económico.

Esto, junto a una historia de atropellos y engaños centralistas, convierten a todos los estratos sociales del oriente boliviano prácticamente en aliados, en una unidad política que comprende que la solución para sus necesidades solo se puede dar a través de una profunda descentralización del funcionamiento del Estado boliviano.

No es un secreto lo que realmente quiere la región del oriente: control total y departamental sobre salud, educación, seguridad ciudadana, justicia, infraestructura, impuestos, recursos naturales, para nombrar a los más importantes. El Estado central debe reducirse a uno de naturaleza minarquista.

¡Que cada departamento pague a conveniencia para su propia fiesta! Esto también aceleraría el proceso de hegemonía política regional.

Aquí es cuando comienzan los verdaderos problemas de Carlos de Mesa como candidato presidencial.

Considerado por la élite oriental como anti-cruceño, adjetivo merecidamente obtenido por su actuar durante las luchas autonómicas, no podrá acogerse a la recuperación de la democracia y al principio de “votar por el mal menor”, (Evo Morales se está encargando de reducir este aspecto en el Oriente a través de concesiones de cualquier índole). Su hoja de vida demuestra claramente su vocación centralista en el ejercicio del poder. Por otro lado, sus colaboradores cruceños senior no se destacan en lo absoluto por su compromiso hacia la descentralización regional. Algunos incluso son considerados como ayucos del centralismo andino. Los más jóvenes, que se acercaron al mesismo por ingenuidad u oportunismo, aunque quizás muy capaces, no tienen suficiente reconocimiento de la sociedad para influir en el voto.

Si las candidaturas de oposición y el escenario político no sufren cambios drásticos, a medida que se acerque el día de las elecciones y aumente la guerra sucia, la agenda política regional del oriente cobrará cada día más fortaleza. Al ofrecer todos los candidatos “democracia”, el elector oriental se acercará y, finalmente votará, por los candidatos y partidos que incluyan medidas radicales de descentralización en sus programas de gestión y posean ese “historial descentralizador”.

Carlos de Mesa lleva, por el momento, la retaguardia en este transcendental aspecto. Su “historial centralista” tampoco lo perdonará.

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