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En los tres primeros años de vida se desarrolla el sistema neurológico del cerebro humano y, de no alcanzar niveles adecuados de desarrollo, no podrán lograrlo en el futuro y la adolescencia y juventud; es decir, la población económicamente activa se ha duplicado en los últimos diez años, produciéndose el llamado bono demográfico, período en que las tasas de dependencia descienden proporcionando una oportunidad para el incremento de las tasas de ahorro y el crecimiento de la economía, como ha sucedido en países que acompañaron el desarrollo infantil y estos cambios demográficos con fuertes inversiones en capital humano, en especial en la primera infancia, los adolescentes y jóvenes.

Sin embargo, a contrapelo de esta ventana de oportunidad, la primera constatación es que las cifras de matriculación escolar y sobre todo de permanencia y egreso, caen de manera dramática en la adolescencia, solo algo más de cuatro de cada diez adolescentes del nivel más pobre están escolarizados en el nivel de secundaria y cerca de siete de cada diez están incorporados prematuramente al mercado laboral, a lo que se suman alrededor de dos de cada diez que no estudian ni trabajan, verificándose que a mayores niveles de pobreza, mayor inserción temprana al mercado laboral y por tanto, mayor exclusión del derecho a la educación, reproduciendo el círculo vicioso de pobreza e inequidad.

Por otra parte, las coberturas actuales en educación preescolar en Bolivia llegan a cubrir apenas alrededor del 40% de la población de cuatro a seis años y las coberturas de desarrollo infantil de menores de cuatro años, es decir de la infancia proveniente de familias pobres que acude a los centros de desarrollo infantil implementados por las gobernaciones y alcaldías solo llega al 4%. Junto a ello aún son persistentes los altos niveles de anemia y desnutrición crónica en menores de 5 años.

Esta escasa inversión en desarrollo infantil es altamente preocupante puesto que las razones para invertir en Desarrollo Infantil son numerosas y están interrelacionadas. La habilidad del niño para pensar, para establecer relaciones y desarrollarse al máximo de su potencial, está directamente vinculada con el efecto de una buena salud, una buena nutrición y una interacción social apropiada, puesto que reiteramos que en los tres primeros años de vida se desarrollan las conexiones neurológicas del cerebro humano.

Numerosas investigaciones han comprobado que los niños que participan en programas de desarrollo infantil bien diseñados, tienden a obtener más éxito en la escuela, a ser más competentes social y emocionalmente y a demostrar un desarrollo verbal e intelectual más elevado que los que no participan en programas de desarrollo infantil de calidad. Por lo tanto, garantizar el desarrollo infantil saludable es una inversión en la futura población activa del país y en su capacidad de progresar económica y socialmente.

Así, los beneficios del desarrollo infantil apoyan a una mayor equidad social, aumentan la eficacia de otras inversiones y responden a las necesidades de las madres mientras ayudan a sus hijos. Los programas de desarrollo infantil pueden modificar los efectos de las inequidades socioeconómicas y de género, que son algunas de las causas más arraigadas de la pobreza.

Pero además solo será posible romper el ciclo intergeneracional de la pobreza y dar un salto en el desarrollo del país a condición de invertir en la formación de capital humano aprovechando la fase de transición demográfica, acelerando la implementación del bachillerato técnico, apostando a la innovación y creatividad con énfasis en oficios y carreras técnicas, lo cual podría redundar en mayor equidad y menores condiciones de riesgo e inseguridad, permitiendo que adolescentes y jóvenes, especialmente de sectores marginados, puedan acceder a servicios y espacios de participación y al ejercicio pleno de sus derechos.

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